SANTO DOMINGO.- Después de tanto predicar que toda crisis trae consigo una oportunidad, el presidente Leonel Fernández, con su discurso del pasado jueves, perdió la oportunidad de cambiar los esquemas de conducción de la nación que mantienen inhibida la capacidad de emprendimiento de sus fuerzas activas y sumida en la desesperanza a su ciudadanía.
Esta expresión tan a flor de labios del presidente Fernández por las tantas veces que la ha pronunciado hasta el punto que han llegado a acreditársela como de su autoría, ignorando que en lenguas tan antiguas como la china el mismo vocablo tiene ambos significados.
Pero el director del periódico La Información, participante en la rueda de prensa celebrada en el Palacio Nacional el pasado jueves 10 del presente mes, al introducir su pregunta enmendó la plana al precisar la etimología griega de la palabra crisis asociada al riesgo que se incurre al no aprovechar una oportunidad.
De lo que se debe tratar pues, para expresarlo en el habitual estilo “comunicacional” del gobierno, es de aprovechar las coyunturas para convertirlas en oportunidades de modificar los patrones de comportamiento que, de no hacerlo, se incurriría en el riesgo de tornarse en crisis; lo cual es diferente a la noción cuasi milagrosa que se ha hecho creer de que por haber crisis existe la oportunidad de superarla.
Esta interpretación implica un cambio profundo de criterios, actitudes y proceder en la manera de medir y diagnosticar los problemas como premisa para diseñar soluciones acertadas, teniendo en cuenta, para decirlo con la expresión de Stephen Covey: “Si seguimos haciendo lo que hemos venido haciendo seguiremos obteniendo lo que hemos venido obteniendo”.
Todo esto tiene validez ante la presente coyuntura económica. Se brinda una oportunidad para cambiar esquemas conceptuales y de razonamiento en el manejo de las realidades para evitar ser invadidos por la rutina y las recetas en sus diagnósticos y profilaxis. Ello implica no dejarnos arrastrar por estereotipos y manipulaciones que el orden establecido y los intereses creados políticos y de otro tipo, han venido imponiéndose.
Muchos de estos estereotipos llegan a ser aceptados como normales en una sociedad y en su economía, víctima de aquella consigna popularizada por Goebbels encargado de propaganda del Nazismo Hitleriano: “lo muchas veces repetido termina siendo aceptado”.
Y esto no solamente se refiere a la mentira, sino a las argumentaciones sofistas, retóricas y eufemísticas que tanto nos están invadiendo en un presente hasta hacerlo mas confuso.
Estas reflexiones vienen al caso precisamente en ocasión de examinar la forma como se ha estado encarando la presente crisis económica.
De tanto repetir interpretaciones en base a cifras oficiales y sin capacidad de cuestionamiento se han validado conclusiones cuestionables. Se llega a aceptar como válido el crecimiento de una economía medida por componentes y variables contrarias a la lógica, como la de concluir que la producción en los servicios de administración pública se mida por el número de empleados cuyo abultamiento obstaculiza la producción o confundiendo el valor agregado con el PBI en una economía castigada con altos impuestos que aportaron a su crecimiento, en el primer trimestre del año en curso, casi un 24%.
O que la tasa de interés vigente emanada del organismo emisor, señal de referencia para el mercado financiero, se envuelve en retóricas por las pagadas en sus diversos instrumentos financieros cuando sus resultados globales son los expresados en los estados financieros del Banco Central auditados por firmas externas.
O cuando se propala la especie de que no hay que preocuparse por los déficits en la cuenta corriente de la balanza de pagos puesto que puede financiarse con el flujo de capitales cuando ha sido todo lo contrario, tomando como base los resultados en los últimos diez años, que han arrojado saldos negativos por repatriación de utilidades superiores a la afluencia de capitales en cerca de US$2,000 millones.
O cuando se argumenta el eufemismo de que el gobierno no tiene déficit fiscal por que quien lo tiene es el Banco Central cuando desde que se le promulgó la ley de recapitalización el déficit pasó a ser fiscal.
O cuando el debate del problema de la energía y se centra en pérdidas en distribución, fraudes y cobros olvidándose del alto costo de generación determinado por unidades inapropiadas al tamaño del mercado eléctrico y a un sistema de precios fijados por contratos y promedios en lugar de adquirirlas de quien la ofrezca a precios mas bajos como mandan las leyes.
De tanto repetirlo se ha olvidado que el origen de los subsidios al sector eléctrico es precisamente el alto costo a que se le compra la energía a los generadores y que si vendieran a precios regidos por la competencia dichos subsidios pudieran ser innecesarios o al menos mas bajos.
Se olvida que los impuestos a algunos combustibles son porque otros pagan poco y que si no hubiera tantas exenciones los impuestos aplicados para lograr el mismo monto recaudado pudieran ser menor. Que si hubiera un eficiente, seguro y económico sistema de transporte colectivo y masivo no hubiera necesidad de ceder a las presiones de gremios que operan con unidades inapropiadas, costosas e inseguras de transportación.
Que el precio del transporte no está determinado por el que fijan los vehículos que utilizan el GLP exonerado, sino aquellos que consumen gasolinas y gasoil, hoy excesivamente tributados. Que con las normas prudenciales vigentes y un 17% como tasa de referencia del Banco Central pocos agricultores e industriales que puedan acceder a un préstamo que no podrán pagar por los altos intereses; y que esos productores no están teniendo recursos para financiar el incremento de costos que induce un petróleo sin el cual no se pueden mover las máquinas ni disponer de insumos agropecuarios masivamente utilizados, muchos de ellos de origen petrolero.
Esta realidad ha estado muchas veces caracterizada por deformaciones en las que se retuercen los hechos hasta el punto de confundir causas y consecuencias. Hoy se admite y hasta se acusa, por ejemplo, hechos presentes omitiendo que fueron causados por decisiones pasadas que, a pesar de haber sido expresamente advertidas, siguieron promoviéndose.
Es el caso de la alta informalidad de la economía cuando fue precisamente lo que se pronosticó ante la excesiva coerción tributaria que se ha venido emprendiendo: elevado ITBIS, NCF, impuesto a los cheques, anticipos y otros.
Ninguno de estos esquemas de razonamiento fue modificado en el discurso presidencial del pasado jueves. Y por demás, se dejaron tantos cabos sueltos en lo anunciado que lleva a la conclusión de que se ha perdido una excelente oportunidad de cambiar los esquemas.
Algunos puntos
El presidente mencionó el alto costo de generación eléctrica pero no se dijo como se va a reducir. El incentivo fiscal anunciado para el transporte dejó la impresión que focalizarse en torno a los gremios choferiles y no para estimular la inversión empresarial como sector económico formal.
Fue un nuevo discurso a futuro mas semejante a un programa de gobierno que de medidas tomadas por un gobernante, testimoniado en el tiempo en que se expresaron los verbos utilizados y en medidas anunciadas como las bombillas a instalarse desde la próxima semana; y además reiterativo como las 500,000 tareas de siembra previamente anunciadas que no sabemos si se está implementando.
Fue un discurso de autocrítica como si proviniera de un opositor o de un mandatario recién llegado o a punto de asumir la conducción nacional, testimoniado en las promesas de cumplir exenciones fiscales instituidas por leyes a favor de la agropecuaria.
Un discurso en el que admitió de pasada que se está incurriendo en el peligroso financiamiento del gasto público con préstamos de la banca privada; y con endeudamiento externo de PetroCaribe, demostrando una vez más que el gobierno se beneficia del aumento de los precios del petróleo. Pero sobre todo, fue un discurso en que lo mas esperado, la austeridad, fue tratada en forma reiterativa e incoherente; sin transmitir la credibilidad aspirada.
Volvió a anunciar la reducción de gastos del 20% que anunció al tomar posesión el 16 de Agosto del 2004. No demostró como va reducir tanto los gastos al tiempo que aumenta los sueldos a los servidores públicos, como si los problemas económicos de la nación se resolvieran complaciendo demandas de “sus empleados”, estimulando de paso aumentos generales de salarios magnificadores de ineficiencia e inflación; así como al duplicar las tarjetas de subsidios para incorporar el GLP.
Tampoco demostró como las finanzas públicas pudieran quedar equilibradas con estos aumentos de gastos e introduciendo tantas deducciones y exenciones fiscales; a menos que no sea con mas endeudamiento.
El presidente Fernández había minimizado la importancia de la austeridad frente a la incidencia del petróleo hasta el punto de calificarlo como el principal enemigo de la economía, cuando la mayor parte de esa economía se mueve teniendo al petróleo como pié de amigo.
Cuando se le planteó en la rueda de prensa del pasado 10 la austeridad como premisa para transmitir una señal ejemplificadora a la ciudadanía, rebatió su necesidad ilustrando lo mínimo que resultaría cortar la publicidad, que ahora recorta, frente a los grandes subsidios, pasando por alto que éstos se limitan a encubrir un deficiente sistema de electricidad y transportación que es lo que hay que solucionar.
PENDIENTES
Ante un gasto público que viene expandiéndose a una velocidad asombrosa, el presidente responde con una austeridad en nebulosa.
Del 2004 a la fecha, incluyendo el primer cuatrimestre del año, el gasto del gobierno central se ha expandido a un ritmo promedio de un 21% anual, que aún si descontamos la inflación en ese mismo lapso, se reduce, pero sigue siendo elevadísimo: un 14.5% anual.
No en vano al día de hoy el gobierno gasta por día laborable RD$1,264 millones que equivalen a decir RD$158 millones por hora calculadas sobre las horas laborables, más del doble de lo que se gastaba hace 4 años y de un 25% si descontamos la inflación acumulada durante ese período.
Los RD$104,915 millones gastados en los 4 primeros meses del año promedian mensualmente RD$26,238 millones, cifra que representaba el presupuesto anual en 1995.
Un gasto que con una estructura de un 65% de gastos corrientes, un 21% de capital y un 14% al nuevo eufemismo calificado como aplicaciones financieras.
Ante tantos cabos sueltos resulta imprescindible disponer de adecuada información sobre el gasto gubernamental en circunstancia que, no obstante la “modernización” y el uso de la tecnología y el libre acceso a la información, la Dirección de Presupuesto carece de portal electrónico y las informaciones del portal de la Secretaría de Hacienda no contienen el detalle y la actualización de requeridas, hoy congeladas a abril del presente año.
Con tantos cabos sueltos dejados en el discurso del presidente Fernández, se perdió una oportunidad de cambiar los esquemas de manejo que han derivado en la presente crisis económica y el país corre el riesgo de seguirla sufriendo.
En circunstancias que sigue ampliando el riesgo político al colocar la nación bajo el protectorado financiero de la República Bolivariana de Venezuela, por segunda vez en la historia republicana, luego del fallido intento de Núñez de Cáceres en 1821 cuando colocó la nación bajo el protectorado de la Gran Colombia concebida por Simón Boilvar.