Antes se le conocía como Rentas Internas, simplemente, y aún queda gente que la llaman así, pero desde hace quince años el ente responsable de manejar los tributos nacionales tiene una nueva designación: Dirección General de Impuestos Internos (DGII).
Hoy es su fecha aniversaria y el Poder Ejecutivo le ha concedido la Orden del Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, en el grado de Gran Cruz Placa de Plata.
Y no es únicamente porque cumple 15 años, sino porque durante todo ese tiempo ha sido un modelo, aquí y para otras partes de América Latina, de eficiencia en la administración de los impuestos, que es la base de todo desarrollo.
La DGII se encuentra entre las siete primeras empresas mejor valoradas del país. Su principal fama es que se ha blindado con técnicos capaces y con equipos modernos para minimizar las evasiones y, por otro lado, para maximizar el cobro de los impuestos.
No se les escapa ningún contribuyente y no suele hacer tratos por la izquierda, o por debajo de la mesa, con los que están obligados a tributar y se muestran elusivos. El valor de la honestidad, el compromiso, la eficiencia y la transparencia han marcado su trayectoria en estos quince años.
Su director general, Juan Hernández, es simpático hasta cobrando. Probablemente esto no haya sido suficiente para que muchos, muy proclives al incumplimiento, no le deseen todos los males del mundo, por lo estricto y honesto que es en el cumplimiento de su misión.
Una oficina recaudadora es una columna vertebral en el progreso de toda nación. Si se maneja bien, sin chanchullos y sin privilegios, se garantiza el ingreso de los dineros que, a su vez, se emplean en los programas de desarrollo y en el sostenimiento del Estado.
La DGII, hasta ahora, lo ha hecho bien. Y su condecoración ha sido igualmente bien ganada y merecida.