Hoy se conmemora el trigésimo cuarto aniversario, del terrible accidente sufrido por Niki Lauda, durante el Gran Prix de Alemania, en la pista de Nurbürgring.
En esta segunda entrega, concluiré el estremecedor relato de este trágico capítulo de la vida del legendario piloto austríaco, uno de los mejores en la historia del automovilismo.
Pulmones destrozados
Lauda había estado entre los restos humeantes del Ferrari unos 45 segundos, inhalando los gases tóxicos de los componentes sintéticos que ardían. Como descubrieron los médicos del hospital de Ludwigshafen, a 145 kilómetros de distancia, a donde fue llevado en helicóptero, había sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en la cara y en las manos, así como aplastamiento de un pómulo y fractura de tres costillas. Pero lo más grave era el estado de sus pulmones. Aquella misma tarde, fue llevado a la Clínica de la Universidad de Mannheim, el hospital más cercano equipado para el tratamiento de casos pulmonares graves. Durante los tres días siguientes, Lauda estuvo suspendido en una especie de vacío gris, sin poder hablar o ver, pero consciente de la presencia de su esposa, del respirador de oxígeno y de los tubos que le unían levemente a la vida. Los doctores se maravillaban de su tenacidad. Hubo un momento en que Niki sintió que su cuerpo comenzaba a ceder. Pero su cerebro no cejaba. Tenía el firme propósito de sobrevivir y, a fuerza de voluntad, salir de las tinieblas. Aunque llamaron a un sacerdote el martes para que le administrara los últimos sacramentos, Lauda se esforzó a concentrarse en voces, sonidos, cualquier sensación que confirmara su presencia entre los vivos.
De regreso
Hora a hora, las tinieblas se retiraban. El miércoles por la noche respiraba ya lo suficientemente bien para que le quitaran el respirador. Al día siguiente insistió en que le sentaran en una silla, y el viernes, habiendo recuperado la vista y la voz, apoyó una mano en el brazo de su esposa Marlene y dio algunos pasos por la habitación. Desde entonces, fue Marlene quien le volvió a la vida, con amor y confianza. Aquel mismo viernes los médicos declararon que había pasado la gravedad, todavía le quedaban obstáculos por superar. Soportó infusiones, inyecciones, dos cambios completos de sangre y una operación de injerto de piel. Le quitaron los tejidos quemados del rostro y fueron sustituidos por tiras de piel de la parte superior del muslo. Luego, apenas dos semanas después de su accidente, Niki dijo a Marlene que regresaría a su casa a fin de prepararse para el Grand Prix de Italia, que se correría en Monza el 12 de septiembre.
Los médicos estaban atónitos. Le dijeron que sería necesario someterle a nuevas intervenciones de cirugía plástica en la cara, y que pasarían meses antes de que se sintiera verdaderamente bien. “Sabía que la gente iba a decir eso”, comentó Lauda “que un hombre con una cara como la mía, debería permanecer oculto. Pero yo no veo las cosas de esa manera. Tengo facilidad para ejercer una profesión y si resultara que ya no podría dedicarme a ella, cuanto antes lo descubriese mejor sería”.
El regreso
De vuelta en Salzburgo, Niki empezó un riguroso régimen de acondicionamiento físico. Corría diariamente, hacía flexiones de tronco y rodillas, y por primera vez desde el accidente, dormía sin sobresaltos. Tres días antes del Grand Prix de Italia, Enzo Ferrari se negó públicamente a aceptar la responsabilidad por la decisión de Lauda de correr de nuevo. Pero Lauda no hizo caso, pues tenía otra preocupación. Ya en las prácticas de Monza, al tomar un tramo de mucha velocidad, sin quererlo levantó el pie del acelerador. Volvió a reaccionar de la misma manera minutos después y entonces decidió dejar el volante ese día. Se puso a recapacitar, si quería correr de nuevo tenía que estar dispuesto a llegar hasta el límite. Llegado el día de la carrera, Niki condujo su bólido en el circuito italiano como el Lauda de antes. Terminó cuarto, pero la multitud le dio una gran ovación. Otros deportistas habían vuelto después de graves lesiones, pero Niki había regresado de entre los muertos. Niki había perdido dos carreras durante el tiempo que estuvo convaleciente, por eso llegó a la prueba final, el Grand Prix de Japón, con solo tres puntos de ventaja sobre el inglés James Hunt, su contendiente por el título. Uno de ellos saldría del premio japonés como campeón del mundo.
Prueba final
El día de la carrera, llovía y había niebla y se aplazó la salida. Los pilotos decidieron correr y Lauda, que partía desde la segunda fila, dio la primera vuelta entre las cegadoras salpicaduras de los bólidos que le precedían y abandonó la prueba. Calculó sus posibilidades y descubrió que eran pocas y el peligro era mucho. Se retiró de la carrera.
Muchos predijeron el final de Lauda, pero James Hunt, quien finalmente ganó el campeonato, expresó “al retirarse, Niki demostró su valor. Anularlo es imposible, volverá”. Tenía razón, Lauda inició 1977 ganando en Sudáfrica, la tercera prueba del año. Y siguió ganando. Cuando llegaron a Japón para cerrar la temporada, Niki ya había acumulado los puntos para ganar el título mundial de automovilismo de la temporada.
El hombre cuya voluntad indomable rechazó la muerte, había vuelto de nuevo.