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17 Septiembre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 11:30 AM
Entretenimiento 14 Junio 2008
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“LES MISÉRABLES”
Un debut conmovedor e inolvidable
  • Cecilia García, en el rol de Eponine, tuvo una de las más sobrecogedoras actuaciones de la noche.
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Sarah Leyla Puello

SANTO DOMINGO.- Más que conmovedora, desgarradora; más que fascinante, hechizante. “Les Misérables” fue sencillamente inolvidable. Sin duda una huella firme en el camino que desde hace más de una década viene recorriendo el teatro musical en la República Dominicana.

El escritor francés de la novela original, Victor Hugo (1802-1885), se consideraba un iluminado espiritual, un profeta de las letras llamado a la tierra para exaltar la belleza del arte, y a través de ella dar conocimiento de lo que es la condición humana.

Quería llamarse “Chateaubriand o nada” y sin lugar a dudas, el arrastre que aún perdura de su más monumental obra, lo habría hecho sentirse realizado.

¿Quién hubiese pensado que en una pequeña isla del Caribe, lejos de la tradición revolucionaria francesa, el drama universal humano podría penetrar tanto como si hubiese tenido lugar en Capotillo?

La adaptación al español por Carolina Rivas y Luichy Guzmán del texto en inglés de Herbert Kretzmer, logró el retrato impecable del original maniqueista: una lucha épica entre el bien y el mal, entre la realidad y la quimera, entre el poder y la humildad que sobrepasa todos los tiempos y fronteras.

Éxito de escenografía
A pesar de ser una obra de duración engorrosa, el manejo exitoso de los cambios escenográficos, con una sola plataforma rodante que en ocasiones hizo de múltiples ángulos de un sólo espacio, mantuvo el ritmo de la obra a un nivel entretenido y cautivador.

Las trincheras que se armaban desde ambos lados del escenario, el portón la la residencia de Jean Valjean caído del techo, el puente del río Sena que se eleva al suicidarse Javert y el bajo fondo de los sucios alcantarillados de la ciudad de París, todos los recursos escenográficos contribuyeron a la veracidad de la miserable realidad francesa del siglo XIX.

Del vestuario y la orquestación sólo sobrecogimiento. Milagros Placencia y la Orquesta Sinfónica Nacional a cargo de Dante Cucurullo llenaron visual y auditivamente el aspecto romántico del musical elevando su irremplazable patetismo.

Nuryn Sanlley y Kenny Grullón hicieron el importante papel de distensión cómica con Los Thénardiers, rol que se vió realizado con el avasallante aplauso del público que el dueto recibía en cada aparición.

Las voces
Sin embargo, más allá de los recursos escenográficos, de los lindos vestidos y del ambiente romántico, lo que realmente trascendió de este clásico universal, fueron las interpretaciones líricas de todos y cada uno de los actores.

Los papeles estuvieron totalmente acertados y a pesar de unos pequeños problemas de sonido en la segunda mitad de la presentación, el clamor de la patria, el amor, la humildad y la injusticia hicieron vibrar las paredes de nuestro Gran Teatro Nacional.

Las voces del coro de hombres, encabezado por Frank Ceara y Antonio Melenciano en los papeles protagónicos, seguidos por José Guillermo Cortines y Héctor Acosta, llenó de estruendos magnánimos sus interpretaciones.

Lejos de verse abrumados por el carácter dramático de los personajes, cada uno mostró a su justa medida los conflictos interiores de Jean Valjean, Javert, Marius y Enjolras, cada uno de los cuales se ve enfrentado con una decisión definitiva para sus vidas.

Por otro lado, la apasionante y desgarradora voz de Cecilia García en el primer acto fue una presencia constante en las casi tres horas que duró el espectáculo, hasta que vino a arrullar el final nueva vez, llamando a Jean Valjean a la muerte. Quedó demostrada en su actuación su rango indiscutible de maestra de la voz.

Carolina Rivas, en el rol de la heroína del pueblo, Eponine, se mostró enternecedora, y sin lugar a dudas pudiera ser el personaje favorito de muchas jovencitas soñadoras; mientras que Laura Calderón en su debut protagónico como Cosette, demostró que tiene talante para continuar en esta línea artística.

En conclusión esta obra no dejó espacio ni para el suspiro. Es una experiencia a no perderse. Si todos los dominicanos tuvieran la oportunidad de ver “Les Misérables”, nuestra percepción de la cultura, la vida y la verdadera lucha por el cambio se hincharía de rojo como la bandera de los estudiantes parisinos y quizás así, ganemos o perdamos, dejaríamos de ser estos miserables.

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