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41. A todo eso tenemos que añadir el flagelo de la drogadicción que parece arroparnos y la crisis familiar que es lo más preocupante “en este cambio de época”. También, cabe mencionar el comportamiento amoral de los partidos políticos, que apartándose de los principios ideológicos, se han convertido en una maquinaria de oferta y demanda clientelar, generando un clima de corrupción jamás observado en nuestro país y que pone en peligro la existencia misma de los partidos.
42. Frente a todo ese desequilibrio de la sociedad dominicana, se impone la presencia generosa y el testimonio fecundo de los sacerdotes, conscientes de que, como decía el Papa Benedicto XVI a los obispos brasileños en su visita “ad limina”, “la presencia del sacerdote es insustituible”; ya que “la Iglesia es sobre la tierra una comunidad sacerdotal estructurada orgánicamente como Cuerpo de Cristo, para desempeñar eficazmente, unida a su Cabeza, su misión histórica de salvación” (Cfr 1 Cor 12, 27). Pero además, el Papa hace una hermosa exhortación a los laicos, para que se vuelvan más conscientes de sus responsabilidades en la Iglesia y así, junto a los sacerdotes como testigos de la autenticidad de la fe y dispensadores de la “multiforme gracia del Señor”, contribuyan todos a la salvación.
43. Lo dicho anteriormente nos introduce en el sentido de este Año Sacerdotal como una hermosa oportunidad para robustecer la comunión y la corresponsabilidad entre los presbíteros y los obispos, y de éstos a la vez con los laicos para que “cada uno con el don que ha recibido se ponga al servicio de los demás” (1 Pe 4, 10), como recomienda San Pedro, y de ese modo ir haciendo visible la presencia del Reino de Dios.
44. En este sentido, el Año Sacerdotal debe servir para fortalecer el ministerio presbiteral, para que así realicemos nuestra misión con mayor eficacia y con una actitud alegre, gozosa y de gratitud, por haber recibido esta llamada, que siempre será un privilegio y que sobrepasa toda expectativa humana.
45. Esto será posible si logramos tener una experiencia del encuentro con Jesús, vale decir, una profunda madurez espiritual, que abarque las cinco dimensiones esenciales: a) Cristológica (Cristo, Buen Pastor), b) Eclesiológica (comunión con el Papa, los obispos, el presbiterio, los laicos y la comunidad local), c) Pneumatológica (el Espíritu Santo Santificador), d) Mariana (maternidad espiritual de María), y e) Sacramental (lugar de encuentro con las demás dimensiones).
46. La espiritualidad del encuentro con Cristo fue la que marcó al Santo Cura de Ars y la que tiene que animar a todo sacerdote hoy, para que así nos convirtamos en instrumentos vivos de la gracia del Señor. Esta espiritualidad debe cultivarse en una actitud de confianza, de fe, de fidelidad, a imitación de Jesús, Siervo sufriente de Dios, que “aprendió obedeciendo” (Heb 5, 8).
47. Qué atinado ha sido el dedicar este año al sacerdote en el 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, que fue y siempre será un modelo y un paradigma para cualquier consagrado que sienta fascinación por el Reino de Dios; y además porque nos inspira a vivir intensamente todos los elementos esenciales de nuestra vida y misión, como son: la vida de oración y de confianza en el Señor, la caridad y el amor fraterno, en especial, hacia los más pobres y necesitados. Todo esto nos capacita para poder dar un testimonio de servicio a los demás y así confirmar aquello en lo que tanto insistió Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.
48. Deseamos que este Año Sacerdotal sirva no sólo para los sacerdotes, sino también para todos los laicos del pueblo de Dios, para que todos fortalezcamos nuestra vocación y misión de llevar a Cristo a cada dominicano, a cada familia y a toda la sociedad.
49. Agradecemos a Dios que nuestros sacerdotes, renunciando a la posibilidad de tener una familia propia, aceptan con alegría dedicar su vida al servicio del pueblo de Dios. Son hombres de trabajo, con una sólida formación académica y un profundo sentido social, con una actitud de desprendimiento y una vida austera.
50. Reconocemos la presencia cercana de los sacerdotes a las comunidades más alejadas y abandonadas, donde no solamente están con las personas para escucharles, sino también involucrándose con ellas en la búsqueda de soluciones a sus múltiples problemas y necesidades. El sacerdote, semana tras semana y mes tras mes está ahí cercano a la gente, con frecuentes visitas a los campos y barrios, sin importar días de lluvia o de sol, acompañando, educando, promoviendo y formando en la fe. Vaya nuestro agradecimiento de padres, amigos y pastores, por su fidelidad y amor a Cristo y a su Iglesia, expresado en el servicio a tantas personas necesitadas.
51. Hacemos nuestro el sentimiento del Papa, cuando nos dice: “pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?”.
52. Invitamos a nuestros sacerdotes a no desfallecer ante el mundo y mantener en alto la frente, a pesar de que nos reconocemos débiles, pero con una conciencia clara de que todo lo podemos en Aquel que nos conforta (Cfr Fil 4, 13). No nos descuidemos en la formación permanente, ya que los tiempos actuales exigen cada vez más una mejor actualización y, sobre todo, sigamos ahondando en el misterio de la experiencia de Dios. Hagamos cada vez más sólida nuestra vida sacerdotal, cimentándola en la oración, la meditación asidua de la Palabra de Dios y la vida sacramental.
53. Exhortamos a nuestros laicos a amar y apoyar nuestros sacerdotes, a orar por ellos, ya que siendo hombres como todos los demás, muchas veces sienten desaliento, soledad y tentación. Ellos y nosotros necesitamos de sus oraciones, de su amor, de su comprensión y de su perdón, para permanecer fieles y poder perseverar en tan alta responsabilidad encomendada por el Señor a nuestros débiles hombros. Somos conscientes de que el mundo a menudo no nos entiende, pero sí nos necesita.
54. Al final de nuestra Carta Pastoral, en solidaridad con nuestros hermanos de Haití, no queremos pasar por alto la tragedia acaecida en este país, el pasado 12 de enero del presente año, donde perdieron la vida miles de nuestros hermanos haitianos, dominicanos y de otras nacionalidades, entre ellos, el Arzobispo de Puerto Príncipe Mons. Joseph Serge Miot, y muchos sacerdotes, religiosos(as) y seminaristas.
55. Lamentamos esta difícil situación del pueblo haitiano y nos solidarizamos con ellos, tanto por medio de la oración que es nuestra fortaleza, como por medio de la ayuda material porque la fe sin obra es vana (Cfr Sant 2, 14-26.). En este sentido, como Conferencia del Episcopado Dominicano, hacemos un llamado, tanto a la comunidad nacional, como internacional para que salgamos todos en auxilio del vecino país, el más pobre del Continente. Ante una cultura de derroche y de confort por la que atraviesa el mundo actual, la misma naturaleza nos hace abrir los ojos ante la extrema pobreza que viven hoy muchos hermanos nuestros. Exhortamos a nuestros fieles y a todas las personas de buena voluntad a seguir realizando gestos de solidaridad con acciones continuadas, que podrían ir desde la oración por los fallecidos y afectados, hasta la donación de alimentos, medicamentos, aportes efectivos y también el acompañamiento directo a las familias desamparadas.
Conclusión
56. Queremos terminar esta exhortación haciendo nuestra la parte final de la Carta de convocación al Año Sacerdotal del Papa Benedicto XVI, cuando nos dice:
57. “Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz”.









