SANTO DOMINGO.- Félix Berroa es un artista dominicano radicado en Atlanta. Para nadie es secreto cuánto y con cuanta fuerza ha de batallar un profesional para imponerse, o al menos lograr extraer la cabeza del anonimato, en mercados tan amplios y competitivos.
Vinculado a su origen, el artista estuvo de visita y vacaciones en el país, recientemente. Trajo consigo más de veinte pinturas que se exhibieron en la Galería Ramón Oviedo.
Vista la muestra, me reuní con Berroa para conocerle personalmente e intercambiar, como es necesario, visiones en torno al arte y, más que todo, sobre sus inquietudes.
Félix Berroa me dijo que está fascinado con el dibujo y que afana por abrirse paso en Estados Unidos.
De hecho, la pintura que expuso está signada por un dibujo que apenas se acompaña de un color sobrio y comedido. Un dibujo exento de retruécanos, directo y perimetral.
La preeminencia de lo gráfico imprime a su producción un carácter tan ostensible que, según me ha informado vía correo electrónico, la Nacional Geographic incluiría dos imágenes de sendas obras suyas en un libro del cual se imprimirán 200 mil copias que se distribuirán en Estados Unidos y Cánada. Esperaremos para comunicarlo.
Esto le hace bien al artista: difunde sus imágenes y le impone retos. Los dominicanos debemos apostar a su éxito, puesto que de estas entrañas brota.
La exposición de Berroa dispuso los elementos tradicionales de una “Fiesta” panamericana en una perspectiva mayor, a correr en un espacio de calidades y anhelos integracionistas, a través del arte y de la música, en esa urgencia de identidad en la que la sociedad norteamericano coloca a cada individuo.
Desde el punto de vista del ideal artístico, Berroa es un enamorado de las fantasías chagallescas y cubizantes. Las imágenes de sus lienzos tienden a una especie de propensión amorosa; a figuras nacidas de esa visión tierna del terruño, las tradiciones, las historias y los recuerdos que reflejan, simultáneos, los sentimientos del artista y el espectador; apelando al despliegue ingrávido, al giro hiperbólico e irreal de cabezas que en el arte impuso Marc Chagall (1887-1985).
Observadas desde aristas diversas, la obra de Berroa pone en abismo a un pintor en el que lo primitivo, tomado en el sentido del “buen salvaje”, se asume con distancia y se enmarca en un entramado cromático de sobriedades.
No sé si para Félix Berroa esa tipología cromática sea el resultado de su transculturación, ya que el espacio para el cual pinta y actúa no es el dominicano; no es el de los carnavales aunque sea el de las fiestas. Pero es la fiesta, no del color sino de la musicalidad. Una musicalidad aludida en el acopio de sus símbolos referenciales: el instrumental sonoro que es heredad de los países de la América Latina.
Desde el punto de vista figurativo, Berroa es un artista en transición. La visión de sus “personajes” conjuga el aprecio a la obesidad recuperada desde el barroco y las culturas toltecas y olmecas por Botero. Es una obesidad cuasi planimétrica, afincada en lo pop resultado del esquematismo descriptivo.
Si la densidad del dibujo puede restar libertad a la pintura, le crea límites previsibles en la imagen.
Félix Berroa denota un interés modernizador al apelar a la textura y lo tectónico. Lo que también es énfasis en lo constructivo y, como natural de toda construcción, la pintura se vuelca hacia las leyes compositivas que en él remedan los episodios estables, aquellos cuadrados repetidos en el cuadro. Figuras estáticas, en las que el movimiento se representa al modo de Giacomo Balla (1871-1958), Carlo Carrá (1881-1966), Humberto Boccioni (1882-1916), el comic y el pop, al modo planimétrico de la escultura hindú: reduplicando porciones y estructuras.
La obra de Berroa es un espacio de comodidades que remite a lo sabido y aprendido; anatomía reducida al principio de dúctiles cilíndricos, como en el viejo cubismo; visión remozada gracias al paralelismo lineal, ondulante, reiterativo. En el fundamento de esas aceptaciones, Berroa imprime su alma enamorada del terruño y los íconos de nuestra pintura, iniciando con Zanetti; obra doblemente nostálgica, más que emocionada o festiva.