La Vida 28 Julio 2007
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EL PERSONAJE

Un “Pegachucho” llamado Johnny Abbes García

EN EL SIEMPRE HUBO UNA MALDAD ESENCIAL ESCONDIDA EN LA INSIGNIFICANCIA DE SU VIDA
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José Miguel Soto Jiménez

SANTO DOMINGO.- Parece que quienes lo conocieron tal y como había sido antes, no se imaginaron nunca como llegaría a ser después. Alguien que lo trató desde niño, nos lo pinta como una especie de “carajo a la vela”, de perspectiva imprecisa y de futuro incierto. “Inocuo , manso, desgarbado y desabrido”, lo define otra persona, quien lo evoca como un individuo que en el mejor de los casos, “no olía ni jedía”, un tipo de “porvenir difuso”, “que no pintaba nada, ni decía nada”, un “salta para atrás”, cuya memoria mas notable, era aquello de que siempre fue en el Conde, un “pedidor de cigarrillos empedernido”, “un cazador de colillas”, sin mas glorias que eso mismo, como si de verdad existiera para no hacerse notar. Más bien parecía que había nacido para “empendejecer” entre oficios y expedientes, “sacando cuentas, ponchando tarjetas y asentando libros”. Haciendo penitencia en las escaleras de cualquier oficina, viviendo a expensas de las impertinencias repetidas del reloj, y el ritual sacramental de los bostezos. Después, sin llegar a llenar del todo los requisitos de la insignificancia de los “carajetes”, parecía marcado por el sino de los burócratas de corbata flaca. Atrapado sin tiempo, en las galeras de los escritorios sin gestas de los empleados. Atontado por el repiqueteo sordo de las maquinillas y vigilado por el humor bilioso del “jefecito” flaco y enjuto, de camisa blanca manga corta con “chalina”, espejuelos y bigotito ralo, que no sabe después de todo, que va hacer para pagar las cuentas, con su mugriento salario de los días 25. Y en efecto, se perfilaba así en su juventud, ya que solo fue el hijo del contador alemán  George Abbes, funcionario de la Secretaria de Finanzas, buen ciudadano y persona seria, caballero respetado y tenido como hombre de reconocida calidad humana.

Su familia
Su madre doña Tatá García “dominicana por los cuatro costados”, era una mujer querida por sus apegos religiosos, su inclinación al hogar y sus buenas costumbres. Al decir de algunas mujeres, en plena pubertad era bien parecido, aunque un tanto desabrido, “incoloro, insípido e inodoro”. Como la mayoría de los muchachos de su vecindario, sus horas libres las pasaba gastando la antigüedad de la calle del Conde, con paseos interminables de vitrinas, cafeterías y escaparates. Un amigo periodista que le conoció bien, lo recuerda tal como lo conmemoran los demás. Sin embargo, influenciado quizás por la forma en que culminó su vida, nos dice que había desde siempre algo extraño en su mirada, que denunciaba “alguna cosa desagradable que no se podía explicar”. Esta perspectiva de su primera edad, podría causar “grima”, si lucubramos que un hombre como él, en efecto nada singular, pudo pasar desapercibido, sumergido en su mediocridad ritual, macerando en los bajos fondos de su cotidianidad trivial, la tenebrosa personalidad que fue después. Como si muchos como él, estuvieran con nosotros, en la misma oficina, hablando “pendejadas” de lo más normal en cualquier sitio, tropezándose con alguien en las esquinas, compartiendo el café, la cerveza, el cigarrillo, o simplemente discutiendo en el bar, sobre pelota, baloncesto o balonmano. Porque en otro aspecto, siempre tuvo por el deporte y sus mas variadas manifestaciones, una atracción oportunista que lo llevaría, no a practicarlos, cosa que nunca hizo, sino a convertirse en “cronista deportivo”, modalidad periodística, que le dio a su intrascendencia, no solo la pose de autoridad del entendido en esas cosas, sino también, la de un vehiculo de penetración social, que lo sacaría de la condición de “empleaducho de tercera”, para conducirlo por los caminos que tomaría luego. Durante la mayor parte de su vida, siempre vivió con sus padres en la calle Arzobispo Nouel, y gracias al prestigio y al buen nombre de su progenitor, se integró muy joven a la administración pública en la Secretaria de Finanzas. No es fácil precisar cuando Johnny Abbes García se convirtió en amigo inseparable de Nene Trujillo, hermano de padre más pequeño del “Benefactor de la Patria”, pero si sabemos que para el año de 1952, ya andaban juntos “para arriba y para abajo”, “enmancornados” como “Cepa y Cepín”. Realmente nunca fue aficionado a la bebida que le “caía mal”, pero de vez en cuando fungiendo de “pulgón” del Nene, “empinaba el codo” y zozobraba ruidoso en el disparate. Por la mañana, los días de semana, Johnny agotaba su “aburrida” jornada como empleado público y en las tardes, micrófono en mano, hacia de las suyas en las ondas hertzianas, junto a otros pioneros de la crónica deportiva. Para 1954, cuando se organizó el Comité Olímpico, cuyo primer presidente fue don Luís Ruiz Trujillo, sobrino del “Jefe”, Johnny Abbes, fue secretario del comité. Pero en ese mismo año, en el curso de la inauguración de una estación de radio en Bani, durante los festejos para la ocasión, Abbes García, pasado de tragos y con un revolver que le había dado el Nene su “canchanchan”, acabó la inauguración a “tiro limpio”. Tal fue el escándalo que se produjo allí, en plena era del “Pacificador de la Republica”, que el dictador dispuso que, el mismo general Fausto Caamaño lo “trancara y botara la llave”. Trujillo no quiso verlo, a pesar de las muchas intervenciones de algunos padrinos que aparecieron a su favor. Nene entonces, después de un tiempo prudencial, intercedió por su amigo con su hermano Negro el Presidente, quien dispuso, para cumplir una orden del Jefe, que “lo sacaran de inmediato del país”, dando acogida a una petición de Abbes de que “lo mandaran a estudiar un curso de Policía a México”.

El destino
Este vuelco del destino, vino entonces a desarrollar la tenebrosa personalidad del joven, quien además de encontrar de repente, cause franco para su “retorcida vocación policial”, cayó en medio del vórtice de una ciudad, repleta de exiliados y refugiados políticos, aventureros, disidentes de todas partes, revolucionarios y por lo tanto, atestada también de agentes de inteligencia de la mas diversa procedencia. De “mutus propio”, dando rienda sueltas a un impulso irresistible, comenzó Abbes a mandarle informes a Trujillo, sobre lo que se movía en aquella urbe y él podía captar en base a las relaciones que hizo, gracias a la especificidad de sus estudios y a la relación sentimental que inicio con Lupe, una mexicana que seria su primera esposa y que pertenecía a la comunidad de inteligencia. -Porque el “picochato” nace no se hace, solía decir con gran orgullo, como si dijera que se nace “calie”, sicario, torturador o “pegachucho”, como se nace pintor, poeta o artista. Al principio la atención del jefe se diluía en la intrascendencia de lo denunciado, pero después el muchacho ese “aloqueteado” del alemán, comenzó a coger el piso y comenzó a pegar en la diana de su interés. Sobre todo, con asuntos relacionados con el exilio dominicano y otros chismes relacionados con el “jervidero” caribeño, que le servían al déspota para sus intrigas internacionales.

-Carajo, el Abbes ese tiene madera de espía, hay que ponerle asunto, dijo en una ocasión el dictador a uno de sus áulicos.

Maldad innata
En  Abbes siempre hubo una maldad esencial de origen, escondida en la insignificancia de su vida intrascendente, que fermentó de repente en la decadencia demencial de la dictadura de Trujillo, donde la truculencia nunca tuvo una perversa sofistificacion como la que le dio Abbes. Fue como si los arcontes del destino, reclamaran para poner fin al despotismo, una figura indeseable, que como levadura, aceleró el fin inevitable. Toda la terrible descomposición de la naturaleza humana, en un ser ordinario dispuesto a corporizar todas las miserias humanas. Muchos piensan que Abbes representa la decadencia del régimen. Otros lo explican como fruto de la locura senil del Jefe, que en su sano juicio político, nunca le habría entregado a ese advenedizo la llave de sus reinos infernales. Otros dicen que Abbes fue solo un espejo donde la dictadura misma pudo verse reflejada, complacida en sus excesos, con todo el dilatado horror de tres décadas de hierro. Lo cierto fue, que Abbes elaboró para Trujillo planes para “eficientizar” sus servicios de inteligencia, mucho de los cuales se ejecutaron con relativo éxito, aunque otros no, tales como su propuesta de uniformar con la vestimenta de las SS a los miembros del SIM.

Abbes organizó y sistematizó una represión al estilo de la “GESTAPO”. Johnny logró incluso que Trujillo lo hiciera militar y lo mandara como agregado a Centroamérica, para cumplir una importante misión. Para cuando regresó, su ascenso como gran “pegachucho” de la dictadura fue meteorico, logrando en efecto organizar una especie de policía política que se metía con todo y en todo. Su red de informantes estaba enquistada en todo el tejido social dominicano, y en el estaban grandes señoras y señores, profesores, estudiantes, funcionarios, periodistas, militares, prostitutas de todos los niveles, camareros, proxenetas, paleteros, chóferes del “concho”, sirvientas, “chulos”, artistas, médicos, abogados, deportistas, jardineros, etc. Abbes organizó también, los aberrantes y terribles centros de torturas, el caliesaje telefónico, e institucionalizó el “chivateo”, viejo pasatiempo de la “baja pequeña burguesía pobre muy pobre”. Abbes, en fin, le dio forma macabra, a la articulación del miedo de tres décadas, donde el único temor cierto del férreo dictador, fue precisamente, que sus conciudadanos le llegaran a perder el miedo.

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