La Vida 21 Enero 2010
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RELIGIÓN
La Santa Madre que protege a su pueblo
CONMEMORACIÓN. HOY, EL DÍA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ALTAGRACIA, UNE AL PUEBLO DOMINICANO EN UNA GRAN JORNADA DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
  • Diferencias. El culto que se le rinde a la Virgen María no es adoración, sino veneración
Inmaculada Aracena
inmaculada.Aracena@listindiario.com

Santiago.- La celebración del Día Nuestra Señora de la Altagracia une en oración y devoción al pueblo dominicano. El inicio de la veneración de la virgen María tiene sus raíces en la tradición de los primeros cristianos, explica el padre Luis Duarte. María es considerada por la iglesia Católica como intercesora por excelencia, asegura el sacerdote, “El ejemplo más bonito de intersección que hizo la Virgen María es en la realización del primer milagro de Jesús en la boda de Canaan”, expuso.

La madre sublime de los dominicanos, la que el mismo Jesús estando en la Cruz entregó a Juan como su madre, tiene rostro humano según las sagradas escrituras.

María fue una mujer, madre y esposa destacada y digna de atención ante el Dios por su sencillez y humildad. De ahí es que el ángel en el saludo reseñado por el evangelista Lucas, dice: “Alégrate María, llena de gracia, haz encontrado el favor de Dios”.

Fue tanta su humildad que aseguraba que se conformaba con tan solo lavar los pañales de su señor, sin imaginar que en su vientre lo albergaría.

El cura Luis Duarte, radicado en la parroquia de Las Guáranas en San Francisco de Macorís, cita el evangelio de Lucas, cuando la virgen embarazada visita a su prima Isabel para ayudarle, porque estaba en un estado de embarazo más adelantado.

Esta es la cara del servicio y la caridad a los semejantes, la vocación de servicio para aquellos que la necesitaban.

El culto que se le rinde a la virgen no es adoración, dice Duarte, es veneración, que consiste en un afecto, un cariño especial. “La iglesia católica presenta a María como una figura a imitar, nos dice que ella va delante, era una joven, no era un ángel, sin embargo se ofreció como templo y sagrario para resguardar a Jesús, el Salvador”, expresó el religioso.

En diversos momentos la virgen María, llena de gracia, como la llamó el ángel, defiende su papel como madre. Es defensora de su familia y un ejemplo de ello es en la huída de Egipto por la persecución del emperador.

La virgen acompaña, no abandona, en eso creen los dominicanos y dominicanas que ponen sus proyectos en sus manos para que interceda. En la crucifixión, por ejemplo, los evangelios enfatizan que la madre de Jesús estaba junto a la cruz, aún con dolor, entregando a su hijo. También en la madre confían los haitianos que según revisiones y lecturas del padre Norberto Rosario constituyen el segundo pueblo con mayor devoción a la Virgen de Altagracia, celebrando el quince de febrero el día de la asunción de la virgen.

La virgen de Altagracia
Bajo varias denominaciones ha crecido la ferviente devoción a la virgen. Luis Duarte explica que esto ha sido porque a través del tiempo son tantos los honores y el agradecimiento que las personas le han querido otorgar a la madre de Dios que le han ido poniendo los diversos nombres como halagos. Otros se le han puesto de acuerdo a los lugares donde se la virgen se ha aparecido como es el caso de Lourdes en Francia, Guadalupe en México y la de Pilar en España.

María es madre de todo el pueblo latinoamericano. En Colombia es Nuestra Señora de Chiquinquirá; Venezuela, Señora de Coromoto; Brasil’, Señora de Aparecida; Ecuador, Nuestra Señora del Quinche y en Perú, Señora de la Evangelización.

En Bolivia es Señora de Copacabana y en Chile Virgen del Carmen de Maipú.

Historia de una devoción
Según la tradición, Nuestra Señora de la Altagracia, fue vista en sueños por una joven en Higuey, República Dominicana (así lo narra Monseñor Juan Pepén en su libro “Donde floreció el naranjo”).

Hace más de tres siglos, vivía con su familia en las regiones de Duey, uno de los antiguos colonizadores españoles, que disfrutaba de una buena fortuna y gozaba de merecida fama, aprecio y estima de las altas dignidades de la colonia.

Era costumbre en él, en épocas señaladas, hacer viajes a esta ciudad del Ozama, con el principal objeto de vender su ganado para proveerse de los menesteres de su hogar.

En enero, el buen padre emprendió uno de esos viajes, trayendo el encargo de sus dos hijas, la menor, de catorce años, a quien llamaban la Niña, de espíritu recogido, entregada a las prácticas religiosas, encargó a su padre la Virgen de Altagracia.

El nunca había oído hablar de tal virgen.

De regreso a sus predios, con los regalos de la hija mayor, llevaba el amoroso padre el hondo pesar de no haber conseguido la Virgen de Altagracia para la Niña.

La buscó por todas partes y no la encontró, la solicitó a los Canónigos del Cabildo y aún del mismo Arzobispo, quienes le contestaron que no existía tal advocación.

Al pasar por Los Dos Ríos, pernoctó en la casa de un amigo. Entrada la noche, cenando todos en familia, refiriendo el caso de la virgen desconocida, manifestó el huésped viajero el sentimiento de aparecerse en su casa, sin llevar el encargo que le había hecho su hija predilecta.

Un anciano de barba blanca, que había pedido le dejasen pasar allí la noche, desde el rincón en que estaba, se puso en pie y, adelantándose hacia la mesa de los comensales, dijo: “¿Qué no existe la Virgen de Altagracia?”. Yo la traigo conmigo.

Y echando mano de su alforja, sacó el pergamino y desenvolvió la pintura en lienzo de una preciosa imagen que era la de María adorando a un recién nacido que estaba en sus pies en una cuna. El padre que vio realizado el ideal de su hija, reiteró sus promesas al generoso peregrino, invitándole a que pasase a su casa cuando quisiera para recibir la recompensa de su donativo.

Pero al amanecer el peregrino ya no estaba.

Cuenta la tradición que la doncella acompañada de varias personas, recibió a su padre en el mismo lugar donde hoy se encuentra el Santuario de Higuey, y que, lleno de alborozo en sus salutaciones, entregó aquél a su hija el tan esperado regalo.

Ella, al pie del naranjo que aún se conserva a pesar de los siglos, mostró a los concurrentes en aquel día 21 de enero, su soñada imagen y, desde ese momento, quedó establecido el venerado culto de la Virgen de Altagracia, confundida en sus principios con el nombre de la “Virgen de la Niña”.

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