Es una cuestión de actitud. Si te pasas la vida lamentándote las carencias, quejándote por las injusticias, luchando contra todo y contra todos, no estás viviendo. Estás sobreviviendo contra tu propio yo. Éste trata por todos los medios de hacerte sentir miserable. El yo o cariñosamente llamado “Señor Ego”, trata por todos los medios de sabotear el verdadero sabor de vivir.
¿Cuántas veces le has amargado la vida a otros, y te la has amargado tu mismo, destacando lo negativo y echando por la borda un buen momento, quizás por no darle los méritos a alguien que tuvo la brillante idea que a ti no te pasó por la cabeza? Si en vez de esa actitud mezquina celebras esta iniciativa, la aplaudes, y a la vez te deleitas pasando un buen momento y agradeciéndole a Dios que la alegría de compartir, te pones a la orden del plan a seguir, colaboras con los demás y formas parte de un equipo, entonces así, disfrutarás vivir a plenitud.
Estamos viviendo un mundo individual. En este tablero de juego las reglas imperantes son la de defender a carta cabal el todo por el todo. No invadas mi espacio, primera regla; no te metas en mi vida, segunda regla; déjame quejarme del sistema, tercera regla; no me importa lo que te suceda, cuarta regla... y así sucesivamente se hace un prontuario de reglas absurdas y desconcertantes imperantes en la sociedad aisladamente globalizada del mundo de hoy. Estamos a segundos de noticias relevantes del otro lado del hemisferio, y a kilómetros luz de saber lo que le sucede al vecino. Paradójicamente, en un mundo que está conectado por las telecomunicaciones, cada vez más el “Señor Ego” se enfunda en su traje impenetrable y golpea sin piedad la amorosa solidaridad, que yace azotada en el suelo, contando sus respiraciones, esperando que hagamos un alto en el camino y digamos: queremos vivir, y emprendamos un camino de amor y compañerismo que nos hará renacer. Matemos el ego. Resucitemos el nosotros, viviendo a plenitud.