El calor ha despertado a las plagas me dice Emma con voz compungida, A la epidemia de dengue, causada por la picadura de un mosquito, se suma ahora ¡la invasión de los ratones!
Desde hace unas semanas, he tenido que comprar cajas y más cajas de veneno para ratas. Todas las noches Emma prepara la mortal comilona en tapas de recipientes de plástico y las coloca en sitios estratégicos, porque según ella, esa es la senda que utilizan los mal halados bichos que tanto daño le han hecho a la humanidad, desde tiempos inmemoriales. Nada más hay que recordar la peste negra que diezmó a Europa entera, un siglo antes del descubrimiento de América.
En opinión de mi inefable cocinera, todo se debe a la mezcla de calor y basura. “¡Esta ciudad Doña, parece un muladar!” exclama Emma con las manos en la cintura y los espejuelos a caballo en la naríz.
No puedo menos que estar de acuerdo con ella, por dondequiera en la Capital más antigua del Nuevo mundo, la basura arropa el paisaje urbano; tanto en los barrios humildes como en los de clase media, los sectores comerciales o los lujosos ensanches de los más pudientes.
La ola de calor no ha hecho más que irritar el ánimo de los sufridos ciudadanos que como Emma y yo, vemos impotentes el dantesco espectáculo y luchamos con lo que tenemos a mano contra la amenaza de las plagas.
Con gasoil regamos un solar vecino con la intención de acabar con la maleza y desterrar las ratas. Yo tenía entendido que el Ayuntamiento, además de recoger la basura con regularidad, se ocupaba de que los solares baldíos en zonas residenciales, estuviesen debidamente cercados y saneados por sus dueños, so pena de una multa... ¡En fin eran otros tiempos! Ahora me dice Emma, que ha vuelto a imperar la ley del oeste, la de las películas de vaqueros, cada cual debe defenderse por si solo para sobrevivir...