Tres de abril del 2012. Desde Budapest, con parada en Bratislava, llego a Praga en un tour por tierra. Aquí hemos de pasar tres noches que han de saberme a poco, pese a ser esta mi tercera visita a tan imponente ciudad europea, cada una con impresiones diferentes.
Retrotraigo la memoria a la fecha en que la conocí: 1991.
Era la triste y melancólica aunque monumental capital de Checoslovaquia, un país de régimen socialista pero con abierta influencia soviética.
A tal punto era cierto que, en el cuarto de baño para damas de una famosísima cervecería, tras una aparente pared se ocultaban espías. De tal presencia fui testigo, llevándome tamaño susto al verles aparecer junto a quienes nos encontrábamos ante los lavamanos.
Dos años después -1993- la descubro en su status de capital de la República Checa. Ya no existe Checoslovaquia. El 1 de enero de ese mismo año, por decisión parlamentaria el país se dividía en dos naciones: República Checa y Eslovaquia. Y, como una inspiración espiritual me tocó, junto al resto del grupo que participábamos en un fam trip, confundirme con una masa de fieles católicos que por el puente Carlos no dejaba espacio alguno para caminar por cuenta propia.
Me empujaban y empujaban a tal punto que llegué a preguntarme si el puente aguantaría un peso tan enorme, o si en algún momento podríamos salir volando por encima de la barandilla. Tras la escisión de Checoslovaquia, era ésta la primera procesión de San Juan Nepomuceno, uno de los patronos de Bohemia (actual República Checa), quien es asimismo venerado en otros lugares de Europa Central. La leyenda cuenta que fue arrojado al río Moldava, precisamente encima del cual caminaba el gentío en procesión, por mandato del rey Wenceslao IV de Bohemia, por no querer contarle los secretos de confesión de su consorte, la reina Sofía de Bavaria. La Iglesia Católica rebate tal relato. Aun así, sigue siendo venerado como protector del secreto de la confesión y de las inundaciones. En este caso porque, dicen las narraciones, su cuerpo apareció en las aguas con cinco estrellas en torno a su cabeza.
Ahora, en esta primavera del año 2012, inmersa la nación en su papel de miembro de la Unión Europea, contemplo a Praga sorprendida ante el extraordinario tráfago citadino, que en horas pico lentifica al máximo el tránsito vehicular, obligándome a pensar en los tapones de Santo Domingo mientras en este día de lluvia pertinaz y apenas 8 grados centígrados de temperatura, me encuentro por tercera vez ante el puente Carlos, con su bella e histórica torre que le sirve de entrada. Las llamativas esculturas que en ella destacan son copias de las originales. Se encuentran ahora en la galería del Castillo de Praga.