La Vida 11 Mayo 2012
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COSAS DE DUENDES
La herida
Alicia Estévez
alicia.estevez@listindiario.com

Cuando empecé a interesarme en la política, siendo casi una niña, escuché muchas veces que en este país un negro no podía ser presidente porque la gente no votaría por él. Ese argumento fue un obstáculo levantado frente a las aspiraciones políticas del doctor José Francisco Peña Gómez, de cuyo fallecimiento se cumplieron ayer 14 años. Un líder al que el PRD no ha podido encontrarle sustituto. Escuché hablar a la viuda de Peña Gómez, doña Peggy Cabral, que, como nunca falta cada vez que se habla del fallecido líder perredeísta, debió contestar preguntas sobre cómo lo afectó el racismo y el clasismo que enfrentó hasta el último día de su vida, cuando expiró en medio de una batalla electoral que ganaron él y los suyos, pero cuya victoria no pudo disfrutar. La discriminación que sufrió Peña, le decía la periodista a doña Peggy, no era sólo por su negritud sino también por su origen humilde. Y doña Peggy respondió que haber salido de la extrema pobreza y llegar a pisar los principales palacios de Europa no era para su esposo una vergüenza sino un orgullo. Y afirmó también que el carismático político no sintió complejo alguno por su negritud.  Ella, que estuvo junto a él hasta el último suspiro, debió conocerlo mejor que cualquiera.  Admito que sólo vi de cerca  unas cuantas veces al líder perredeísta, no obstante, me atrevo a recordar aquí la impresión que Peña Gómez me causó sobre ese tema, el de la discriminación. La primera vez que lo vi en persona, yo era una periodista novata y acudí a un acto donde él tenía el discurso principal. Desplegó su estilo impetuoso y sus dotes de orador, citando anécdotas en las que hizo mención de que conocía a figuras importantes en todo el mundo. Nueva vez, me tocó reseñar otro discurso suyo y lo escuché citar, como en la primera ocasión, las figuras de renombre y los lugares donde había sido recibido. Esto pasó varias veces hasta que me llamó la atención. Él era ya un líder consumado. De hecho, sin que lo imagináramos, vivía los últimos años de su vida; ninguno de los allí presentes podía ignorar eso que contaba. Así que, me pregunté, ¿por qué tenía la necesidad de recordarle una y otra vez a la gente quién era y hasta dónde había llegado? Tal vez me equivoque, pero sentí que la discriminación, los insultos y ataques contra ese hombre, tan fuera de lo común, abrieron una herida en algún lugar de su corazón que no cerró ni cuando su trayectoria demostró, sin lugar a dudas, que le sobraban cualidades de líder y estadista.  Aunque, por supuesto, no abrí la boca, sentí el deseo de decirle al doctor Peña Gómez que las figuras que lo recibían en otros países también se honraban al acogerlo y que para un hombre de su dimensión ningún lugar en el mundo era inalcanzable. Él lo había demostrado así. No pasó mucho tiempo para que se anunciara la dolencia y posterior muerte de Peña Gómez. Yo estaba estudiando fuera del país cuando ocurrió. Pero me enteré de todos los pormenores. Como aquel último “spot” de campaña, casi profético, en el que les decía a sus detractores que los perdonaba. Oyendo a su viuda ayer me enteré de algo que desconocía: Peña Gómez leía La Biblia todos los días. Eso explica la nobleza de su mensaje final. Un final que mostró que la discriminación de que fue objeto habla más de lo que nos falta  a nosotros como país que de sus supuestas limitaciones como líder.

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