Con el rostro hacia el principio de la calle, un busto del Adelantado Bartolomé Colón. En el otro extremo, frente a la Puerta de El Conde, una estatua gigantesca de Francisco Caamaño Deñó. Edificios recién pintados, algunos cerrados; otros muy bien mantenidos y en uso, o a la espera de mejorar la fachada, y unos cuantos representativos de la magnífica arquitectura del siglo XIX y de principios del XX. Gente al aire libre, sentada en bancos o en sillas plásticas y taburetes, conversan o leen el periódico. Aficionados o maestros de ajedrez, en torno a una mesa plegable en el centro de la calle peatonal, atraen con su juego a transeúntes. Es parte de la cotidianidad de la mítica calle El Conde, transformada en gran “mall” al aire libre. Salpicada de bien plantadas vallas, la mayoría con imágenes en blanco y negro que reproducen etapas del ayer con sus descripciones, la rectilínea vía de antiguo trazado, iluminada por románticas farolas, se inicia en las escalinatas que suben desde el bulevar junto al río Ozama, y se extiende hasta terminar en el Parque Independencia. Caminarla es, como recuerda Freddy Ginebra, “condear”. Así lo hacía de teenager, y así lo hice hace unos días. Y para mejor “condear”, me alojé en el Hotel Mercure Comercial, que está en El Conde y tiene siempre limpios habitaciones y baños.
En vez de visitar los cercanos monumentos, miro los puntos que las diferentes vallas señalan: Joyería Di Carlo, que mantiene su primer local desde 1925; edificio Baquero, el primero con ascensor y con la primera bolera de la capital, y el punto donde se levantó el Club Unión, cuya directiva le dio “bola negra” a Trujillo, rechazándole su solicitud de socio. En represalia, hizo cerrar el club y persiguió a los directivos que no le complacieron. De pronto, a mi vera una voz pregona: “Cambio, cambio, cambio dólares, euros...”
A las 9:30 de la mañana, cada cierto trecho, muchos vendedores ambulantes y propietarios de comercios pequeños, colocan al exterior sobre el suelo o recostados de paredes su mercancía. Unos muestran cuadros de paisajes criollos, motivos taínos, figuras de mujeres haitianas... “¡Cuadros míos, a mano!” ofrece un individuo. Otros, en distintos tipos de soportes exhiben mamajuanas, tamboras, souvenirs, sombreros...
En este pintoresco escenario citadino, donde hasta un mimo aparece, funcionan varios cafés, cafeterías y locales de comida rápida. Hard Rock Café con sus conciertos y Segrafedo por sus deliciosas pizzas al horno de leña están entre ellos. Y La Cafetera, uno de los pocos edificios “sobrevivientes a las transformaciones en esta vía”, aunque ha sufrido algunas desde su apertura en los años 20 del siglo XX en El Conde, la emblemática y variopinta calle de Santo Domingo.