Por 20 euros, en la casa de cambio cerca del hotel en Praga, me dan 490 coronas: dos billetes de 200 coronas cada uno, y el resto en monedas. Es que en la República Checa no corre el euro. El plano de la capital me resulta complicado. Aún así, es lo único que tengo para trazar por mi cuenta una ruta a pie, siempre atenta a lo que, sin ser monumento, encuentro a diestra y siniestra para no perderme.
En la esquina frente al hotel: Soup of the Day, un pequeño local de comida ligera y de ¡sopa!, claro está. Unos metros más allá, un local de Erotic City. Vaya, vaya... Y en un extremo de la calle, un edificio cuya torre parece de iglesia: Bell Tower, con un ascensor que permite previo pago, a ciertas horas específicas del día, contemplar magníficas vistas de Praga.
En la cuadra siguiente, una iglesia. ¿Será San Tadeo? Camino por una calle cuyo nombre no encuentro, y que hace esquina a la calle Jinorisskal.
Subo por Senovazna, hacia un lado de la torre. Por esta zona no hay semáforos y, para evitarme un encontronazo con algún vehículo, espero a que pase un lugareño para así, casi a su lado, cruzar la vía.
De pronto, en una plazoleta atrapa mi atención un conjunto de esculturas con figuras de músicos checos. Cada uno representado con un instrumento distinto. Me gusta.
La obra tiene fecha 2002, y es su autora Anna Chromy, o algo así. Repentinamente, el viento arrecia, y los extremos de mi bufanda empiezan a volar de aquí para allá. La aseguro recogiéndolos en un medio nudo.
Prosigo mi caminar. Poco después, en una acera de enfrente, destaca un magnífico edificio: un antiguo palacete que en su fachada identifican a un banco. Los pendones que le adornan traen, sin embargo, el nombre de Carlos V. Al botones que baja la escalinata hacia la acera pregunto.
“Es un hotel. Y se llama Carlos V”, responde en inglés.
Al encargado de un kiosko en el parque de la zona de Central Main Station pregunto por dónde doblar para ir a la plaza Republic. Me indica volver sobre mis pasos, y luego doblar a la derecha. En el trayecto de este andar sin detenerme en algo más de una hora, amaina el viento, sube la temperatura, y ya no puedo con la sed. Mi cuerpo pide a rabiar un zumo de naranja natural, recién hecho.
En el primer bar-café que encuentro, City Café, me siento en un taburete a pedirlo.
Lo traen de botella. No, no. Yo lo quiero natural.
“Por la hora es demasiado tarde”, me advierte el mozo.
Desesperada le reitero mi deseo.
El chico, advirtiendo mi fatiga y deshidratación, mira a una joven que responde afirmativamente. Él busca varias naranjas para entregárselas.
Ella las lleva a pelar, y regresa a preparar el zumo. A los instantes de tomarlo, empiezo a recuperarme.