Las Olimpíadas acaparan la atención de la humanidad y, por unos días, los problemas que atormentan a las naciones y a sus ciudadanos parecen ponerse pequeños, como si quisiéramos ponerlos a un lado mientras nos deleitamos con las hazañas de los atletas, en medio del esplendor de la capital inglesa.
Tengo una hija que compitió en las Olimpíadas hace unos años; sé de los sacrificios que los atletas tienen que hacer, de su constante trabajo, su tesón, frustraciones y triunfos. En casa nos acostumbramos a levantarnos a las 4:30 de la madrugada para ir a entrenar antes de asistir a la escuela, luego en las tardes, de vuelta a entrenar por dos, cuatro o seis horas, cuando se avecinaba una competencia internacional. El camino de un atleta es duro y lo es también para su familia. Para triunfar debe contar
con el respaldo generoso de los suyos, dispuestos a cooperar y ayudarlo en lo que sea menester. La disciplina, perseverancia, concentración, afán de competir y superarse cada vez más serán hábitos que acompañarán al atleta a lo largo de su vida.
Definitivamente es un orgullo inmenso que no tiene precio ver el fruto de tus desvelos ¡competir en unas olimpíadas!