Irónicamente, el terremoto de principios del 2010 fue lo que despertó el interés de los inversionistas. Quince días después de que un feroz temblor destruyera una buena parte de Puerto Príncipe, una firma canadiense de exploración adquirió todas las acciones de la única empresa haitiana con permisos para explorar un importante sector del noreste.
“Los inversionistas quieren comprar cuando los precios están bien bajos”, expresó Dan Hachey, presidente de la compañía canadiense, Majescor Resources.
“Y supuse que, después del terremoto, no podrían bajar más”. Hachey apostó asimismo a que los 10,000 millones de dólares en asistencia forzarían a los haitianos a hacer las cosas en serio.
“Todo el mundo los está observando y el gobierno no podrá hacer locuras”, dijo el ejecutivo.
Tres firmas están considerando extraer minerales en Haití, pero por ahora solo SOMINE tiene concesiones para explotar regiones montañosas. Esos permisos, que abarcan 50 kilómetros cuadrados (31 millas cuadradas), fueron negociados en 1996, bajo el gobierno de Rene Preval, y exigen que la empresa contrate mano de obra haitiana toda vez que sea posible.
A cambio del pago de tarifas muy bajas por los permisos, SOMINE se comprometió a invertir 2.25 millones de dólares en los dos primeros años. Además pagará 1.8 millones por un estudio de viabilidad.
En resumen, los haitianos podrían sacar un dólar por cada dos dólares de ganancias, comparado con uno por cada tres en la mayoría de los países.
El descubrimiento de recursos naturales ricos a menudo genera un florecimiento económico pero puede ir acompañado de grandes peligros para el medio ambiente, la salud y problemas sociales.
Por más que Haití haya negociado contratos generosos, hay que ser cauto.
El gobierno haitiano ha sido tradicionalmente uno de los más corruptos del mundo. La actividad minera exige regulaciones y Haití no cuenta en estos momentos con organismos capaces de emitir esas regulaciones.
Tampoco tiene dinero ni planea crearlos. Las minas a cielo abierto, por otro lado, son profundos agujeros tipo cráter y tienen un promedio de vida de unos 25 años. Cuando se agotan, generalmente son rellenadas o convertidas en depósitos.