http://images2.listindiario.com/image/article/78/680x460/0/BF0851DD-ED22-46DD-837B-9E0CC439EF3F.jpeg
Listin Diario
23 Septiembre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 6:22 PM
LD- Lecturas de Domingo 6 Julio 2008
0 Comentarios
Tamaño texto
SITUACION
La playa, ecosistema que se deteriora
Las costas son patrimonio común del pueblo dominicano y fuente de grandes ingresos para el país. Su uso inadecuado, sin embargo, está rompiendo el equilibrio de los ecosistemas playeros y provocando su degradación. La respuesta que se ha asumido es costosa, poco durareda y no ataca las causas del pr
  • El deterioro de los arrecifes coralinos, considerados los bosques del océano, está provocando erosión en las playas dominicanas, pués éstos hacen de barrera contra las olas y producen arena. (Foto: José Alejandro Álvarez)
Compartir este artículo
Virginia Rodríguez G.
virginia.rodriguez@listindiario.com

Las playas, como cualquier ecosistema, son lugares dinámicos, en constante movimiento e interrelación con su entorno. El desarrollo turístico en República Dominicana, sin embargo, ha intervenido en ellas como si se tratasen de espacios estáticos y aislados, sin pensar en las alteraciones que puede producir. El resultado ha sido su degradación: pérdida de arena, disminución de la calidad del agua, floraciones desagradables de algas.

En un país en que el turismo representa casi el 7% del Producto Interno Bruto nacional y se basa fundamentalmente en la calidad de las playas, el gobierno tuvo que invertir US$20 millones en reposición de arenas el año pasado en cuatro zonas y ya anunció trabajos del mismo tipo en otras más. Se trata, sin embargo, de trabajos no duraderos, que requieren de un permanente y costoso mantenimiento y que no atacan las causas del deterioro.

Isabel Moreno Castillo, doctora en biología marina y licenciada en gestión costera, se refiere a las llamadas “regeneraciones” como una práctica completamente abolida en los países desarrollados. En un artículo sobre las islas Baleares publicado en

tribunadelmediterraneo.com, la autora española señala algunos efectos negativos: el oleaje arrastra a la arena de vuelta al mar y ésta ahoga las praderas submarinas y los arrecifes coralinos que habitan allí, haciendo a la larga más daño al ecosistema playero.

Ruben Torres, director de Reef Check Dominicana, coincide: “Es un costo absurdo, es tirar arena al mar”. A su juicio, la verdadera solución consiste en controlar la contaminación y la sobrepesca para que los arrecifes coralinos que crean y protegen las playas, y que se han deteriorado en todo el país, se recuperen.  

Cuando se rompe el equilibrio
Los arrecifes de coral, estructuras marinas que albergan miles de especies, cumplen con dos grandes funciones para el mantenimiento de las playas: crean una barrera física que protege contra la fuerza del oleaje y generan arena blanca. “La arenas de la mayoría de las playas más cotizadas del país son de origen arrecifal”, explica Federico Geraldes, director del Centro de Investigaciones de Biología Marina (CIBIMA).

Pero se trata de ecosistemas vulnerables. La barrera de coral de la costa sur, desde la Romana hasta Barahona, ha disminuido en altura aproximadamente un 40% producto de las actividades humanas, estima Geraldes. Sin esta barrera, el mar entra con más fuerza y se pierde parte de la costa, como sucedió en Juan Dolio y Guayacanes.

En esa zona, la deforestación en la cuenca del río Higuamo para sembrar caña aumentó el volumen del agua y de tierra arrastrada al mar, señala el biólogo. Los sedimentos afectaron a los corales y los efectos se manifestaron a finales de la década de 1970 y principios de 1980, con la mortandad del coral pata de ñame (acropora palmata) en la región. Poco a poco, la playa empezó a peder arena. Al igual que los arrecifes, existen otros ambientes asociados a las playas, como las praderas marinas y los manglares. La destrucción de estos últimos para construir edificaciones y la “limpieza” de praderas marinas para hacer la playa más agradable también influyen, con el tiempo, en la desestabilización del sistema costero.

“Los ecosistemas litorales son frágiles y su equilibrio en estado natural es complejo y delicado”, afirma Geraldes y destaca que gran parte del daño se hace inconscientemente. Como ejemplo, cita que muchos productos usados en los hoteles para fumigar eliminan especies de invertebrados que cumplen sus función en el balance ecológico. Los abonos utilizados para mantener los jardines y campos de golf frente a las costas se filtran por el suelo a las aguas subterráneas y luego al mar, afectado los corales y provocando el crecimiento de algas indeseadas en la playa. Lo mismo sucede con las aguas residuales depositadas en lagunas o pozos profundos cercanos a las costas. Eso último es lo que ha sucedido en la zona de Bávaro, señala, donde el desarrollo ha creado un flujo artificial de agua hacia el mar que ha afectado a los corales, enemigos del agua dulce.

Buscando alternativas
El turismo y el medio ambiente no son incompatibles, al contrario. Ése es el mensaje de Jake Kheel, director de la Fundación Ecológica Punta Cana, que desarrolla proyectos de protección al medio ambiente en esa zona turística: siembra de mangles, educación en las escuelas, reciclaje, control de pesca, producción y uso de abono orgánico.

La clave, dice Kheel, está en tomar en cuenta al medio ambiente durante la planificación y desarrollo de los proyectos. “Hay que mejorar mucho la planificación de la zona turística. Actualmente un hotel viene y por la prisa de construir tiene un impacto negativo muchas veces innecesario”, afirma.

Geraldes piensa igual. A su juicio, los arquitectos e inversionistas intentan adaptar la playa a la idea que tienen, en lugar de adaptarse ellos a la playa que existe. “No hay una sola playa en el país que haya sido conceptualizada a partir de lo que había. Estamos forzando, producto de los diseños de los mercados”, dice.

Pero la naturaleza no se deja moldear dócilmente. Sus reacciones inesperadas a nuestras intervenciones requieren que pensemos mejor antes de alterar su dinámica. Especialmente, cuando se trata de recursos con tanto valor económico, cultural y ecológico como las playas. Éstas, como recuerda Geraldes, son un ahorro de arena que a la naturaleza le ha tomado decenas de miles de años. “Estamos despilfarrando una herencia natural”, dice. Una herencia, vale agregar, de la que somos dueños todos y todas.

El rol de los corales y su mal estado en los mares del país
El 80% de los arrecifes de coral de la República Dominicana está amenazado por actividades humanas, especialmente la sobrepesca, la contaminación y la sedimentación (partículas que flotan en el agua y ahogan la vida marina).

Así lo alertaba la organización internacional Reef at Risk en un informe de 2004.

Estos ecosistemas, considerados como los bosques del océano por las miles de especies que alojan, protegen las playas y contribuyen a mantener las reservas pesqueras. Además, son un atractivo que puede ser aprovechado económicamente a través del turismo de buceo.

“Naturalmente los arrecifes crecen más de lo que se erosionan, pero con una salud como la actual van decreciendo”, advierte Rubén Torres, doctor en biología marina y director de la sede dominicana de Reef Check, organización creada en 1996 y establecida en el país en 2005 con el fin de monitorear y conservar los arrecifes coralinos.

Para Torres, la situación es alarmante: mientras el promedio de cobertura de coral vivo en el mundo es de 32%, los arrecifes dominicanos están igual o por debajo de esa cifra: “Por ejemplo, Juan Dolio debe tener 8% de coral vivo; Punta Cana y Bávaro, tal vez menos del 5%; Terrenas 2 ó 3%”, afirma.

Según del Centro de Investigación de Biología Marina (CIBIMA), en el país se han contabilizado 64 especies de corales, que se esparcen en arrecifes a lo largo de unos 170 kilómetros de la línea costera.

Sin embargo, los únicos que se encuentran en buen estado son los que están en áreas protegidas, donde las actividades humanas son menores, afirma Francisco Geraldes, director de la entidad.

Las causas del deterioro son varias, entre ellas, la deforestación y las malas prácticas de agricultura, que provocan que los ríos arrastren más tierra al mar.

También influye el vertido al mar de aguas con componentes químicos como detergentes, cloro, grasas, fertilizantes y pesticidas, así como la sobrepesca, en especial de especies como la langosta y el lambí, que son componentes claves del ecosistema.

“Estos problemas están ocurriendo desde hace décadas sin ningún control”, afirma Torres y coincide con Geraldes en que, si se les restauran sus condiciones naturales, los corales se recuperan con relativa rapidez.

Por eso insisten en la importancia de que el país empiece a poner un control real sobre la pesca y la contaminación.

“Debería haber un programa nacional y tal vez lo hay, pero en papeles”, reclama Torres.

COMENTARIOS 0
Este artículo no tiene comentarios
Se ha cerrado la discusión de este artículo por lo que no se puede comentar
Más en LD- Lecturas de Domingo