
Scott Hicks, el director de esta pavada, fue el mismo que se lució haciendo “Shine” en 1996. Nos parece que aplica la fábula: el burro tocó la flauta por casualidad.
Porque en esta vez, tal vez en parte por culpa del guión de Will Follers y de la novelita de Nicholas Sparks, tal vez también ayudado por un elenco tan flojo como un flan de piña a medio enfriar, lo que encontramos fue una de las películas más necias y convencionales y predecibles que puedan imaginar.
Estos personajes no valen un pepino: Logan, el “marine” buen mozo que se salva porque se detuvo a recoger una pequeña foto en el campo de batalla, como siempre con problemas sicológicos de rutina, que trata de localizar a la dueña de esa foto y la encuentra en un santiamén luego de caminar cientos de kilómetros, y la chica que localiza también tiene problemas sicológicos porque perdió a su hermano querido precisamente en ese mismo lugar de Irak donde estaba Logan, pero es divorciada y bonita con un hijito que se va a hacer amigo de Logan y un ex esposo que es sheriff del pueblito y se las va a tomar con el Logan, y el Logan es nada más y nada menos que el muy buen mozo Zac Efron, y cualquiera que no sea un retrasado mental va a saber en qué parará la cosa, caballero, pero nosotros escapamos por la izquierda antes de seguir zampándonos este meloso majarete azucarado en exceso.