Con cierto atolondramiento, mientras leía la noticia sobre el asesinato de doce inocentes, protagonizado en Colorado por James Holmes, muchacho de apenas 24 años de edad, con el pelo rojo, a lo Guasón, el enemigo de Batman, recordé aquellos años de mi niñez pueblerina cuando a los de mi generación nos vedaban la lectura de los “paquitos” de Superman. Para entonces, era nuestro único vínculo con el héroe de las tiras cómicas, porque la televisión no llegó a Pimentel sino hasta 1958.
Los “paquitos” eran llevados mensualmente al pueblo por Israel Castro, tío del apreciado amigo Aníbal de Castro, a quienes nuestros padres ya habían advertido sobre no vendernos los de Superman, dada la supuesta peligrosidad del personaje para nuestra salud mental.
El origen de esta drasticidad pertenece a la generación que nos precedió: Existió en el pueblo un joven llamado Antonio, al que apodaban “Tonito”, hijo de una familia muy apreciada. Tonito era devorador de las historietas de Superman, según se nos dijo. Un día, creyéndose aquello de que con una capa se podía volar, ya que Superman lo hacía, tomó un trozo de sábana que amarró a su cuello, subió al techo de la casa paterna y desde allí se lanzó para morir al caer.
Hubiese bastado con que se nos señalara el ejemplo demostrativo de que una cosa es el personaje ficticio, y otra la realidad, sin necesidad de llegar a tal extremo de la censura, porque aquello hizo que buscáramos las historietas clandestinamente, como suele ocurrir con toda prohibición. Total, ¡Súper Ratón también volaba con capa!
Pero lo de Tonito es poco, comparado con los personajes sangrientos y asesinos que encontramos en los videojuegos que “entretienen” a las nuevas generaciones. Son tan fuertes que, me parece, pocos sicópatas-asesinos han tenido el mundo actual, emulando a esos “héroes” de la actualidad.
Si hay que culpar a alguien de las masacres insólitas ñque por leer a Superman nunca se produjeronñ, los norteamericanos saben muy bien dónde buscar.