Siento que nos hemos perdido en el camino. Estamos tan inmersos en nuestros propios asuntos que tendemos a olvidar lo esencial. Mi madre nos mostró cómo se llevan a cabo los 2 primeros y más importantes mandamientos: “Amar a Dios sobre todas las cosas” y “Amar a tu prójimo como a tí mismo”. Cuando los leo parecen sencillos y, hasta a veces, suenan fríos y lejos de los principios universales. Solo basta conocer las noticias… aterradoras.
Me pregunto ¿qué fue para mi madre el verdadero significado de tan relevantes reglas de vida? Recuerdo que, cuando niña no entendía el concepto de aquellas personas que trabajan para nosotros. Sabía que se ocupaban de organizar nuestro hogar, se les pagaba por eso y listo. Ella, mi madre, me instó a compartir con ellas, a valorar sus sentimientos y la función que realizan; me enseñó con ejemplos el amar y respetar a los demás. Antes de su partida, cada persona que tuviera la dicha de entrar en contacto con ella, tenía la bendición de que mi vieja le enseñara a leer y a escribir. Ese fue uno de sus legados más importantes. No había persona que se acercase a ella pidiendo un favor que no lo consiguiera. Su desbordado amor por mí, su única hija, por sus sobrinos y por todo aquel que conocía era una expresión del amor de Dios en la tierra. Entonces, ¿cómo no aprender de esos modelos?
No tuvo renombre nacional, ni fama en nuestra sociedad, llegó solo a un 6.o curso de básica, fue autodidacta, pero sus enseñanzas quedarán para siempre. Madre abnegada, siempre atendiendo su hogar, a su amado esposo; se preocupaba por cada detalle. Igual trabajaba a tiempo completo para colaborar con el sustento del hogar. Me pregunto, ¿cómo lo lograba? Fue un ejemplo en vida, aún después de su éxodo, sigue enseñándonos la importancia de la unión familiar. Recuerdo que durante el tiempo que dedicaba a jugar conmigo siendo yo pequeña, inventaba poesías acerca de la familia y los valores, que aún conservo.
Era tan divertido que no había forma alguna de que no pudiera internalizar lo que me quería transmitir. El mérito real de mi madre fue mantenernos a todos unidos, que entendiéramos, aún en los momentos más críticos, que “la sangre pesa”, como siempre nos decía. Repetía a cada instante, “somos hijos de Dios y como tales, debemos actuar”. Nos enseñó que no hay momentos más valiosos y que dejen más huellas y recuerdos permanentes que aquéllos que utilizamos en escuchar y servir a nuestros seres queridos y a los demás; de lo contrario, nos desvirtuamos del verdadero propósito en la travesía de nuestras existencias.
Me pregunto, ¿cómo me recordarán mis hijos, nietos y estudiantes?, ¿qué rol juego para ellos?, ¿les estaré enseñando el valor real de la familia y de los valores morales? Muchas de las madres modernas nos preparamos profesionalmente para proveer materialmente a nuestros hijos. Eso no está mal, lo que no podemos es distorsionar el orden de prioridades.
Como me mostró mi madre, mi mejor maestra; el tiempo con los hijos, esposos, amigos es un tiempo que debe ser valorado en su justa dimensión porque no vuelve, y bien invertido redunda en beneficio del ser humano en formación, de la familia, como ariete de la sociedad en la que está inmersa y, por lo tanto, del mundo que nos ha tocado vivir.
Son limitadas mis palabras para expresarte mi eterna gratitud… ¡Te adoraré, por siempre, madre querida, maestra excepcional!