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LETRA REDONDA
Delincuencia, criminología y penología
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Juan D. Cotes Morales

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Refiere Ruiz Funes que “del contenido de la criminología hay que excluir la pena, porque su estudio como fenómeno social corresponde a la Penología y su organización jurídica al Derecho Penal, o si se quiere, también al Derecho Penitenciario, desdoblando la función punitiva en represiva, hasta la sentencia, y ejecución ejecutiva; la pena en todo su desarrollo y consecuencia. La política criminal es una prolongación del mismo Derecho Penal y el Derecho Procesal Penal, su aspecto formal o adjetivo”.

Siempre se ha dicho que existen tres grandes continentes de la geografía criminal para los delitos comunes, los políticos y los sociales, o sea, para los que afectan a la vida, a la integridad corporal, el honor y la propiedad, los que resultan de las luchas de clases y luchas sindicales y la de los delitos políticos ascendentes cometidos por individuos o grupos sociales contra el poder público y los descendentes o perpetrados por el Estado contra los individuos y contra los grupos sociales (excesos y abusos de poder), siempre dejando un número cada vez más alto de interfectos y occisos, es decir, de víctimas caídas mediante intercambios de disparos con las fuerzas del orden, con las fuerzas regulares, los antisociales entre sí o éstos contra las víctimas de sus acciones.

Cabe en este momento definir la Penología: “Ciencia que estudia las finalidades que debe cumplir la pena y los medios de su aplicación”. El periódico ‘Ya’ de Madrid, España, de fecha 24/9/85, pág. 15 dice lo siguiente: “La determinación de la punición es sumamente compleja, y el que los escabinadistas pretendan que los ciudadanos conozcan la penología, cuando ni fiscales, letrados, ni tribunales se ponen de acuerdo, es una falacia que pretende ocultar todo lo contrario: que el juez siga dominando tanto el tema de la culpabilidad como la aplicación de la pena”.

  Puede decirse que la criminología nace cuando en 1876, el eminente profesor Cesare Lombroso (1835-1909), publica en Turín su libro L’homo delinquente y comenzó a distinguirse al Derecho Penal como la ciencia que estudia los delitos y la Criminología como la que estudia al delincuente, incluso se dice que ella guarda las llaves que pueden abrir el secreto de la delincuencia y sus consecuencias o vertientes de simulación de la locura, de la responsabilidad y de la peligrosidad.

El maestro don Constancio Bernaldo de Quiroz después de extenderse en múltiples consideraciones, análisis de profundidad y disquisiciones comparadas con otros maestros y doctrinarios del Derecho como Beccaria, Lardizábal, Howard, etc., de manera asombrosa describe en su criminología “el folklore de la delincuencia” y advierte que existen estudios aun muy oscuros como “palpitaciones del alma criminal” y agrega que también hay un folklore de la pena.

El erudito maestro, siempre, según el profesor Mariano Ruiz Funes, estudió la dinastía de los verdugos, las consejas sobre el hacha, el maleficio mágico o telepático (supervivencia paleolítica en la psicología criminal de la mujer), el hechizo del delincuente, los amuletos de invisibilidad, el desnudo para hacer posible la insecuestrabilidad ungiéndose el cuerpo de aceites, grasas y pociones fétidas, el uso de piedra imán y la oración del justo juez, la desviación escatológica o satisfacción por los malhechores de sus necesidades residuales en el propio lugar del crimen, la cara de la víctima reflejada en un líquido, la instantánea del asesinato (superstición de que en el fondo de la retina del muerto queda un retrato indeleble del asesino), “el estilicidio de la sangre”, la fe en que las heridas del muerto sangran en presencia del asesino “que lanza de sí sangre un cuerpo muerto si se pone a mirarlo el homicida”, según los versos de Gutierre de Cetina, el poeta asesinado, la etítes o piedra del águila y su sonido de opaco cascabel para descubrimiento de ladrones, que no podían tragarlas a diferencia de los honestos, la moneda “que cierra los caminos, si a la víctima, aún caliente, se le coloca una moneda debajo de la lengua, estando boca abajo, se le cerrarán todos los caminos a su agresor que será aprehendido, la caída de cara, que atribuye a este modo de caer el éxito en la persecución del culpable.

Concluye el maestro de Quiroz que el folklore de la criminalidad y de la pena “compuesto de intuiciones y de desviaciones de elementos aprovechables y de desperdicios inútiles testifican todo el dramatismo del delito y de la pena, como temas eternos y apasionados de la tragicomedia humana”.

Apropósitamente me he extendido en estas consideraciones al advertir que el Magistrado Procurador Fiscal del Distrito Nacional, abogado José Manuel Peguero Hernández, es enfático defendiendo el Código Procesal Penal y criticando a los jueces y a la Policía Nacional, mientras el sociólogo Ramón Tejada Holguín hace causa común con él y agrega que “las causas de la delincuencia son sociales, económicas, políticas y hasta estructurales y coyunturales”, porque resulta inexplicable que con motivo de las reformas judiciales y la aplicación del mencionado Código Procesal, nadie, absolutamente nadie se haya entusiasmado para advertir con talento y honradez la ausencia total de Educación Jurídica, sin la cual jamás podremos tener Cultura Jurídica.

Recuérdese que Educación es el factor más inmediato de cambio. Es el vehículo de la cultura, el  medio que hace llegar a los hombres, y también el camino por el cual los hombres llegan a ser protagonistas de la cultura: “La educación siendo igual para todos, es asimilada de distintas maneras por cada uno. La educación, ni resume toda la cultura en cada hombre, ni todos los hombres la reciben por igual, dada la circunstancia de que los hombres no son iguales; si tuvieran la misma capacidad, idénticas disposiciones, sí se podría hablar de una educación homogénea; pero la formación tiene que ser individual, porque cada persona constituye una entidad también particular”, Prof. José Manuel Villalpando, Filosofía de la Educación, Editorial Porrúa, México, 1968, pág. 12.

Finalmente, dice el profesor Jesús Mastache Román, en su obra Didáctica de la Historia, pp. 39 y 55, “que adquirir conocimientos por ellos mismos, sin más finalidad que su almacenamiento, es intelectualismo infundado y nocivo; adquirir muchos conocimientos es una expresión disparatadaÖ los que se adquieren deben ser ligados a los problemas y necesidades de la vidaÖ La nueva escuela de todos los rumbos del orbe no es de conocimientos únicamente, sino de formación humana sobre todoÖ mientras el hombre siga adquiriendo más conocimientos, más dominio científico y técnico y descuide el desarrollo de las cualidades que lo humanizan, la amenaza de su destrucción seguirá acentuándose”.

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