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Boschismo (I): ética e historicidad
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Matías Bosch
matias.bosch@gmail.com

A propósito del natalicio de Juan Bosch


En el tramo final de la contienda por la candidatura presidencial peledeísta, de caras a mayo/2008, la confrontación discursiva hizo énfasis en la aprobación o reprobación del proyecto continuista del actual mandatario, doctor Leonel Fernández.

El debate cayó, por cierto, en superficialidades y manipulaciones ya comunes, como  fue el intentar definir al boschismo como reeleccionista o anti-reeleccionista, categorías de la ciencia política doméstica que se prestaron, incluso, para que connotados adversarios de Juan Bosch figuraran en esos días reclamando respeto a su memoria, lo que nunca viene a mal.

Es en este contexto que volvió a divulgarse en el foro público una tesis, según la cual, para Juan Bosch en  política se hace lo que conviene. Esta especie de premisa debería guiar a cada elector al momento de elegir el precandidato más idóneo, pensando en salvaguardar como bien superior la permanencia del Partido de la Liberación Dominicana a la cabeza del gobierno.

Quizás debido a su contundencia retórica, ha pasado desapercibido que lo importante de dicha tesis es precisamente lo que deja sin definir: qué es lo que conviene y, sobre todo, para qué se está haciendo política. A nuestro parecer, con la ética política de  la conveniencia contingente se intenta zanjar el debate a favor de una idea fuerza que vincule a Juan Bosch con la estrategia política en desarrollo, una opción que puede ser plenamente válida pero que, en rigor, no se ajusta al ideario del  ex presidente dominicano. Considero que, al menos, se produce una confusión entre dos dimensiones claramente distinguibles y fundamentales para comprender su pensamiento: la científico-histórica y la ética.

“Cuando actúan en función política, los hombres no son buenos ni malos; son los resultados de las fuerzas que han creado y los mantienen, y con cierta frecuencia son juguetes de esas fuerzas o son sus beneficiarios”, dijo Juan Bosch una vez al analizar la historia dominicana reciente. Es esta historicidad absoluta la que le permitió superar intelectualmente la visión ideologizada y determinista sobre “la marcha de los acontecimientos” predominante en su época, así como toda impronta autocomplaciente e idealista, típicamente de corte liberal.

De la mano de la historicidad que va construyendo desde sus primeras novelas y ensayos historiográficos, el boschismo adquiere su carácter revolucionario y humanista en el terreno político: son los sujetos dominicanos, no como individuos por sí solos sino en el contexto de la lucha social, quienes producirán las transformaciones hacia una sociedad mejor. Bien llega a decir el Profesor: “el que no se dé cuenta de que los cambios sociales se producen en el seno de la historia no puede dedicarse a la política con éxito porque nunca comprenderá lo que pasa alrededor suyo”.

Pero dicha historicidad no es una postura moral, sino epistemológica, o sea, trata de la manera en que la realidad es conocida por el observador o estudioso, no de sus valores. Dicho de otra manera, es positiva, habla de cómo los hechos suceden, pero en ningún caso es normativa, es decir, no se refiere a cómo deberían ser.

Los seres humanos, en su condición de seres concientes, están conminados a definirse por una acción política a favor o en contra de sus pueblos y a obrar por medios legítimos o espurios. Juan Bosch siempre sostuvo en la lucha política la vigencia de esta disyuntiva, y al respecto señaló claramente: “La política es una función de servicio, y por tanto eminentemente moral”. Esa idea se expresó fielmente en el lema del partido morado,  en el que se define a éste como un instrumento “para servir al pueblo”.

La política, como toda actividad humana, se somete a una ética, una noción general de lo justo que comprende lo esencial del propósito arriba señalado, y que las reglas particulares de la lucha entre adversarios por el favor popular no pueden relativizar. Ya lo dijo el propio don Juan: “Hay, efectivamente, gente para quien la política es oportunidad”. Sin embargo, para él, la ética política no fue la de la conveniencia sino la del bien colectivo, es decir, aquella que dicta actuar para que los dominicanos y dominicanas logren el bienestar y la vida digna que necesitan. Los medios para superar los males históricos que afectan a la nación tienen que ser consistentes con esa intención, en la medida que constituyen la práctica política misma y deberían contemplar, precisamente, la difusión de una cultura política que rechace la ética de la conveniencia que tantos perjuicios ha causado al progreso social.

En el proyecto de construir una mejor República Dominicana, no cabe instalar un conflicto entre capacidad estratégica y conciencia ética, menos aún fundamentándolo en las ideas de Juan Bosch, el hombre ejemplar que hizo de la honestidad una práctica de vida y al mismo tiempo supo cristalizar todas las metas que un líder político de su condición pudo haberse propuesto.

Dada la actual fase desarrollo en que se encuentra el país, la discusión que se plantea en términos éticos y políticos seguirá cobrando  relevancia y complejidad. Para aquellos que en el siglo XXI comparten con el Profesor Bosch la confianza en un horizonte libertario para Quisqueya, es preciso avanzar en la construcción de lo que bien podría llamarse un boschismo argumentativo. Esto es, un boschismo sustantivo y no adjetivo, que sirva para interpretar inteligentemente la realidad y sostener un sujeto político conciente, apto para generar la sociedad de hombres y mujeres libres que don Juan se esforzó en promover. Desde aquí, queremos aportar a este objetivo.  

(1) Tomo prestado este concepto del distinguido académico chileno Carlos Pérez Soto, quien lo ha desarrollado sobre Karl Marx.

El autor es nieto del profesor Juan Bosch

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