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PENSAMIENTO Y VIDA
Justicia distributiva
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Francisco José Arnaiz S.J.

Nadie que haya leído a Santo Tomás le podrá negar seriedad en cuanto escribe y agudeza de ingenio. Tiene en la Suma Teológica IIa IIae una lúcida disquisición sobre la justicia conmutativa y la justicia distributiva, que es interesante recordar hoy ante el creciente espesor de la pobreza y ante el escandaloso crecimiento de la población pobre a nivel mundial y a lo interno de todos los pueblos.

No digamos del nuestro. La globalización, que debiera haber servido para una clara disminución de la pobreza en el mundo, lo que ha hecho es agravarla. Hoy que por la avaricia de un grupo de codiciosos irresponsables estamos asistiendo al más trágico desastre financiero de la historia.  Ante estos hechos es muy oportuno hablar de justicia distributiva en relación con la justicia conmutativa.

La justicia conmutativa ñafirma Santo Tomás- regula el intercambio mientras que la distributiva regula la distribución de los bienes comunes entre los diferentes miembros de la comunidad.

El derecho que define la justicia conmutativa es el de las personas que ya tienen algo y pueden acceder al mercado. La tendencia, después de Santo Tomás, sobre todo al calor de la Filosofía individualista moderna, ha sido reducir la justicia social a solo la justicia conmutativa.

La justicia distributiva busca distribuir los bienes comunes entre los miembros de la sociedad no según lo que aporta cada uno al mercado (trabajo o productos) sino según las necesidades de cada uno, puedan o no ofrecer algo en intercambio.

La diferencia está en que, mientras la justicia conmutativa define el derecho de una persona en relación con otra persona por el justo salario o el justo precio o el justo beneficio, la justicia distributiva define el derecho de cada persona en relación con el conjunto de los que poseen bienes no necesarios. Un pobre concreto no tiene derecho en relación con un rico concreto y un rico concreto no tiene obligación con un pobre concreto, pero la justicia distributiva crea derechos y obligaciones tan estrictos como los de la justicia conmutativa. Derechos del conjunto de los pobres respecto al conjunto de los ricos, y obligaciones del conjunto de los ricos respecto al conjunto de los pobres.

Hay que resaltar que por encima de todo está la Justicia general que tiene como fin el bien común, el bien de todos. San Tomás subraya que “ella es la regla que sostiene la sociedad humana y la vida en común”.

A esta “justicia general” Santo Tomás la llama también “Justicia legal” porque por medio de la ley es como se realiza normalmente el bien común en una sociedad.  Sobrentiende Santo Tomás que la ley es justa. Una ley es justa o injusta según se refiera a la justicia general o la contradiga.

La justicia general tiene gran importancia porque todos los actos del ser humano tienen su aspecto social y están, por tanto, sometidos a la justicia.

Santo Tomás aplica estos principios a la sociedad. Honestamente se pregunta si a alguien le es permitido poseer algo en forma propia. En vez de responder simplemente de forma positiva, lo que hace es recurrir a una distinción famosa. Si se llama “propiedad “a la facultad de administrar o de disponer de bienes le está permitido a alguien poseer en forma propia. Pero si se habla del uso, los bienes son comunes y quien los posee debe cederlos fácilmente al que los necesita.

Los bienes son de uno pero son para todos. Después de satisfacer sus verdaderas necesidades, el propietario debe a los demás los bienes que le sobran, evaluando siempre sus propias necesidades con la misma medida con que evalúa las necesidades de los pobres.

Lo superfluo se debe a los pobres. La palabra, sin embargo, es peligrosa. Es muy difícil encontrar una persona que juzgue superfluo un bien propio. Cuanto más se tiene, más se necesita. Santo Tomás define lo superfluo como aquello que supera lo verdaderamente necesario.

Tanto la distinción entre justicia conmutativa y justicia distributiva como la definición de lo que es y de lo que no es la propiedad privada resuelven la dificultad con la que tropezaban los Padres de la Iglesia al abordar el tema de la pobreza. Hay un derecho del pobre (justicia distributiva) y hay un derecho de propiedad (justicia conmutativa), pero el propietario no puede usar para sí solo los bienes propios que no necesita porque los pobres los necesitan y tienen derecho a ellos.

La tradición escolástica recibió la herencia de Santo Tomás y la sometió a una profunda crítica, movida por su increíble curiosidad intelectual. No hay que olvidar que la escolástica, como observó Mac Luhan en su obra más seria “La Galaxia de Guttemberg” fue el período de más intensa investigación teórica del pensamiento humano.

Los autores escolásticos no comprendieron la posibilidad de derogar un derecho natural. Solo a través de caminos intrincados llegaron a distinguir sutilmente en el derecho natural “mandatos, prohibiciones e indicaciones”. Dom Lottin en su obra clásica “Le droit natural chez Saint Thomas et ses predecesseurs ª volvió a caminar esos caminos para llegar a la tesis de que los mandatos y prohibiciones del derecho natural son inderogables. Pero que aquello que en él es mera indicación puede ser objeto de derogación. Este es el caso del problema que nos ocupa. La comunidad de bienes sería una situación indicada por el derecho natural como un ideal. Entonces la apropiación sería el resultado de la corrupción de la naturaleza humana, y sería así una derogación, una concesión a la flaqueza humana para evitar conflictos y negligencias.

Esta flaqueza humana, sin embargo no era considerada insuperable. Si con la ayuda de la gracia divina los seres humanos redujesen las influencias del pecado, podrían entonces realizar el ideal primitivo indicado por el derecho natural. Sería el caso de las primeras comunidades cristianas, relatado en los Hechos de los Apóstoles, cuya conclusión se sitúa en el año 63 y fue el caso de las experiencias cenobíticas que por influencia, sobre todo de San Benito se difundió en Occidente y hoy practican tantas Instituciones de vida consagrada.

Se explica así que en culturas todavía impregnadas por esas ideas fueran acogidas con alegría obras que propugnaban dar a la sociedad una configuración en la cual se encarnase el ideal primero del derecho natural. Entre estas obras tuvieron una fuerte repercusión la “Cittá del sole” (1602) de Tomás Camparella, fraile dominíco, y la “Utopía” de Tomás Moro.

La aportación de Santo Tomás a esclarecer todo este mundo fue más honda de lo que muchos pueden pensar. El intuyó que la apropiación individual no contradecía sino que complementaba la “communio bonorum”, la apropiación social en su destino universal. Santo Tomás observa agudamente que la comunidad primitiva de bienes era puramente negativa. Todo era de todos simplemente porque nada era de alguno.

La comunidad de bienes, consecuentemente, era atribuida al derecho natural no en el sentido de que el derecho natural prescriba que todo deba ser poseído en común y nada como propio, sino en el sentido de que según el derecho natural no existe distinción de bienes. Es resultado del consenso entre los seres humanos, fruto del derecho positivo.  De ello concluye Santo Tomás que la aprobación individual no es contraria al derecho natural sino que lo amplía; y su síntesis final es la siguiente: la apropiación individual fue la etapa para pasar de la comunidad negativa a la comunidad positiva, a la realización del destino universal de los bienes de todos los seres. La apropiación de bienes es un medio inteligente de realizar la comunión de bienes.

Santo Tomás lo explica recurriendo a una distinción aristotélica. Se expresa así: “En cuanto a la facultad de administrar y de disponer es lícito que el ser humano posea cosas como propias. En cuanto a su uso, el ser humano  de saber que no posee las cosas exteriores exclusivamente como propias sino que las posee como cosas comunes y debe estar dispuesto a compartirlas con los que las necesitan.

El planteamiento de Santo Tomás no solamente es lúcido sino sorprendente al haber sido pensado y formulado dentro de un sociedad histórica que estaba muy lejos aún de la transición de una economía artesanal a una economía industrial.

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