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Puntos de vista 18 Diciembre 2008
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DOMINICANEANDO
Juan Bobo y Pedro Animal
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José Miguel Soto Jiménez

Juan Bobo y Pedro Animal, dos “carajos a la vela”. Dos tontos primordiales de la Patria. Pareja inolvidable de “salta para atrás”, de torpeza tramada, que hacen de la estupidez la conjura necesaria del terruño. Números repetidos en la matemática encriptada de nuestra “avivatada”. Mimetismos descarados de nuestras argucias. Imitaciones de nuestra imitación. Articulados despojos de la celada de la esperanza en la que caemos y recaemos porque nos da la gana. Porque nos encanta caer en la trampa, tropezar con la misma piedra, mientras nos hacemos los “zoquetes”.

Una de las virtudes apasionantes de la imaginería criolla es la de concebir arquetipos rancios de su aparente naturaleza, “reburujados” en la antesala de nuestra identidad.

Adocenadas formas de su cotidianidad, talladas por su intuición matrera. Elementos sincréticos que sirven para tipificar las múltiples formas de dilemas ancestrales. Símbolos malgachos que rigen y decodifican nuestra curiosa manera de ser.

Al pueblo dominicano le encanta burlarse de sí mismo, para “joder el parto”, no sólo como catarsis, sino como testimonio que demuestra que mucha de sus torpezas no son tales, sino triquiñuelas para engañar los decretos aviesos de su destino. El dominicano se “embota” para relajar la seriedad de sus crisis. Baila merengue y bachata. Se ajuma, se amarga, juega gallo y “pititín”. “Parrandea” como si dijera con su actitud, “ni pa’yá búa a mirá” y a “Dios que reparta suerte”.

Porque realmente somos un “mejunje”. Una “sambumbia” que hay que probar para comprender los recovecos de nuestro sino, sabiendo de antemano que ya no somos un “choque de sazones”, un sancocho, o un “morir soñando”. Somos  un compuesto diferente, fermentamos desde hace tiempo con la levadura de nuestra pobreza y ese defendernos a “mano pelada” contra todo y contra todos. Somos diestros inventando y reinventándonos para caer en lo mismo. Nadamos mucho para ahogarnos en lo seco. Nos quedamos en la orilla, natagueando en lo bajito. Parecería que nos encanta que nos “amarren en lo pelado”, que nos pasen el machete o el “colín”.

El dominicano fabrica a su acomodo lo que no tiene y necesita. Nos quedamos a medias, nos quedamos a mitad de todos los caminos porque “hacemos de tripas corazón, sabiendo que los corazones de tripas no son buenos”.

Nos hemos cocido a leña, en nuestra propia salsa. Nos hemos llegado a parecer demasiado a nosotros mismos. Somos una réplica idéntica de nuestra simpleza. Somos algo más que esa mescla y “trabazón de razas” tan cacareada como disculpa de nuestro temperamento tropical. Devenimos en esa “vaina rara”, en esa “pendejada diferente”. En  esa “fuñenda” tan subestimada por nuestros políticos. En esa cuestión tan engañada por costumbre, en una suerte rara con la cual ya nadie sabe quién engaña a quién. Nos gusta que nos subestimen, que nos cojan pena en nuestra pretendida ingenuidad de pulpería. Nos gusta hacernos los “pendejos” hasta un día. El día ese “cuando Colón baje el dedo”, o cuando “el maco eche pelos”. Justo en la víspera de ese “ciclón batatero”, o ese “chapeo bajito” que no llega nunca. Somos con Juan Bobo y Pedro animal, una caricatura de nosotros mismos. Figuras convenientes de nuestra conveniencia que se reproducen en la imaginación criolla como personajes de cuentos de camino, pasando de generación en generación para dejar de esta forma un testimonio simpático de nuestra mañosería.

Porque entretenemos el hambre con “pendejadas”, posponemos los pleitos que sabemos que hay que librar. Atenuamos la angustia con cuentos de camino y, sobre todo, conseguimos que no nos “maten chiquitos”, que “nos den un chance” mientras buscamos la manera de resolver el problema, con el milagro ese realengo que fraguamos en nuestra fe, en lo que “se nos pega algo” y burlamos el cielo, apostando a la casualidad.

Juan Bobo y Pedro Animal, idiotas adorables, elementos condensados de una “ignorancia sabia”, desparramada en nuestra cultura popular. De muchacho siempre me llamó la atención cómo fusionadas con las llamadas “malas costumbres” de la gente sin educación estaban las ancestrales virtudes de la dominicanidad, como si de alguna forma fueran ellos los portadores del “tizón prendio” de nuestras culpas.

Privar en “pendejo” es como privar en guapo y no serlo. Es el conjuro contra los “aguajeros”, los farsantes y los “allantosos”. Contra los buscapleitos y los deslenguados que sólo pelean con la que no tiene huesos. A ese afán, no escapa la exaltación de la bobería, en una postura torpe y tonta, que disfraza el sentido zahorí de nuestro hombre rural, que más que un disfraz es un escudo de su pobreza secular contra “las inclemencias del tiempo y las vicisitudes de la historia”. Articulación barata de su indefensión contra las calamidades de su condición social, frente a sus opresores y explotadores que lo presumen desvalido, bruto o tonto.

Es hacerse de alguna forma el “pendejón” y  resumir la propuesta sinvergüenza de “hacerse el loco”. Descifrar el enigma del “perro que ladra y no muerde”. “Hacerse el holandés”. Decir verdades disfrazadas de disparates. Tratar de meter “gato por liebre”. Prender velas, mascar andullo, llevar resguardos y enseñarlos, rogar a “Tatica la de Higüey” para que “no pase nada”.

Agacharse y esquivar la ola. Llorar miseria. Nunca decir que estamos bien. Decir que “uno es de una forma y como al otro le convenga”. Poner cara de penuria a ver si se equivocan. Es mejor que se piense que esas “no son brisas que tumban cocos”. Que se crean el cuento triste del “candado, que ya está contado”.

Rogar para que la gente subestime a uno a ver si la candela quema o el agua moja. En fin, jugar con cara de inocencia fingida al truquito aquel de “meter el dedito ahí, porque la cotorrita no está ahí”.

Hay que volver a Capotillo.

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