Repetiré muchas veces este testimonio que marca mi lenguaje y mi modo de hablar.
Decía alguien que estuvo implicado en el narcotráfico y en el uso de drogas, que su madre nunca le dijo “narcotraficante”, ni le dijo “drogadicto”, y que él se lo agradece enormemente porque esas dos palabras eran un estigma que le dolía mucho.
Su madre solamente le decía: “No hagas eso, hijo mío”. Cuántas veces tenemos también que invitar a las personas, sin querer acusarlas, aplastarlas, ni dañarlas con esas palabras o con expresiones que hacen daño, o de la madre que dice con amor: “No hagas eso, hijo mío”.
Cuenta en su testimonio esta persona que esa expresión lo llevó a cambiar. Hoy día trabaja con personas que han estado envueltos en el uso de drogas, pero no les dice “drogadictos”, les dice simplemente, como su madre le dijo: “No hagas eso, hermano mío”, y ayuda a esas personas, sobre todo jóvenes, a salir de esa situación, y la expresión vale para otras muchas situaciones en la vida.
“No hagas eso, hijo mío, porque yo te amo, pero no te condeno”.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.