Hay un voto útil en términos políticos cuyo peso social es altamente significativo en función de su aporte al cambio. Ese voto crítico no es un voto incondicional, tiene sus reservas, es un voto cuestionador, pero en definitiva es un voto consciente, con los pies sobre la tierra, añora una sociedad de justicia social y transformaciones revolucionarias, pero sabe que en medio de un peligro histórico y ante la posibilidad de una dictadura negadora de todos los derechos ciudadanos, tiene que escoger al candidato que representando la oposición, puede detener el más gigantesco poderío gubernamental de avasallamiento, que jamás se haya conocido dentro del ordenamiento democrático formal.
Una actitud consecuente con el discurso político tiene que entrelazarse con la comprensión coyuntural electoral. Si ese voto entiende que ninguno de los dos candidatos representa la plataforma ideológica de sus luchas sociales, también debe comprender que el proceso de la racionalización, el uso de la inteligencia aplicada a la ciencia política, implica el análisis del contexto eleccionario y los riesgos que para la democracia supone la permanencia de un modelo excluyente, centralizador y antidemocrático.
El voto útil puede desperdiciarse, absteniéndose o valorando otras opciones que no tienen posibilidades de desarrollo electoral en lo inmediato, porque fortalece y alienta la dominación política del partido de gobierno. Al no votar por el candidato que garantiza el desplazamiento del modelo gubernamental peledeísta, se vota inconscientemente por el candidato del gobierno, porque se reduce o disminuye el caudal de votos que necesita el candidato del cambio. La idea de acumular votos para ser tomados en cuenta en una hipotética “segunda vuelta”, no tiene sentido, porque no hay ninguna tercera fuerza que pueda cuantitativamente posibilitar una nueva ronda electiva. Un voto útil debe ser un voto para abrir las compuertas democráticas de la nación y permitir que el debate y el cumplimiento de tareas mínimas de compromiso social y adecentamiento, reclamados por la población.
El voto útil se enfrenta a un poder desconsiderado, cuasi absoluto, de envergadura, con un discurso que no admite disensión en el establecimiento de las verdades oficiales. En gran medida es un rescate obsoleto del modelo del Partido Revolucionario Institucional de México, que gobernó durante décadas ininterrumpidas ese país, reeligiéndose como maquinaria invencible a costa de los residuos históricos de la Revolución Mexicana. Pero ese modelo zozobró y no puede ser restaurado en los términos en los cuales funcionó, generando una burocracia parasitaria y corrupta de ancha base.
El PRD dominicano en algún momento pensó en seguir su ejemplo, compelido como lo estaba en garantizar un ordenamiento democrático constante ante los riesgos del autoritarismo y el despotismo, pero no fue posible concretar ese deseo, ahorrándose el país posiblemente designios inescrutables y oscuros. El PLD, nacido de la fatal división del sector liberal de la sociedad, mantuvo durante un tiempo y bajo la orientación lúcida de Bosch, una irreconciliable lucha por valores morales, incluso en contradicción y por encima de las necesidades tácticas de lucha, que su más aventajado discípulo, José Francisco Peña Gómez, asumió para el logro coyuntural de las libertades y la democracia política. Hoy día el PLD no necesita a Bosch sino como recuerdo fundacional; de la misma manera que el PRD necesita menos a Peña Gómez, en la medida que no conserva ni ejerce su doctrina social demócrata.
Esta realidad compartida en cuanto al relevo sucedáneo, imbuido de un pragmatismo frío y desalmado, demanda correctivos, emplazamientos sociales y políticos que logrando la alternabilidad en el poder, baje los humos de muchos funcionarios del PLD, así como la idea providencial de sus planteamientos, de la misma manera que hace ocho años sucedió lo mismo con el PRD. Ese círculo vicioso solamente se puede romper con el compromiso de cambios y el viraje de una forma de hacer política que ha empobrecido espiritualmente a la nación y a sus pensadores. En un momento como el actual, el voto útil tiene que depositarse sin vacilaciones por Hipólito Mejía, no tanto por él, sino por lo que está encarnando: la opción de remover tejido rancio e higienizar el espectro social, dejando plenas las vías de acceso a futuras coincidencias y objetivos de los que hoy enarbolan el voto útil y las fuerzas no degradadas tanto del PRD como del PLD, privilegiando las coaliciones éticas y progresistas del porvenir.