Faltando 12 días para las elecciones presidenciales del 20 de este mes, ya no hay mayores dudas sobre cual candidato encabeza las simpatías y cuenta con más posibilidades de éxito en las urnas. La tendencia y los números -reafirmados con los datos de hoy de la firma Penn And Schoen- son muy claros a favor de Danilo Medina. Y partiendo de nuevos números, de una nueva percepción o reafirmación de la que ya muchos ciudadanos tenían, es de suponer que la línea de respaldo al candidato del PLD y otros trece partidos aliados siga en aumento en los días que quedan.
Por una cuestión tan simple, como que nadie quiere perder y, por experiencia, se sabe que hay tendencia a que mucha gente se incline a favor de quien a la hora de la definición se perfila como el ganador. Al margen de los datos últimos de la Penn, cabe resaltar que aún cuando las encuestas Gallup, Asisa y Cabrera y Asociados, entre otras, coincidían situando al candidato morado por encima del 50% en el respaldo del electorado, en dichos números no estaban recogidos ni reflejados errores recientes -y muy costosos- del candidato opositor Hipólito Mejía, como los de llamar “pelafustanes y sinvergüenzas” a los miembros de la Suprema Corte de Justicia, decir que las muchachas del servicio doméstico “sacan el mejor filete para llevárselo al novio”, así como respaldar declaraciones del ex jefe policial Pedro de Jesús Candelier, quien habló de “reventar” a quien encontrara comprando votos en la demarcación política que le fuera asignada para su supervisión.
A partir de esas y otras pifias, algunas innecesarias, del candidato Mejía (y sin valorar su pobre desempeño en el panel del Grupo Corripio, que a los ojos de sectores pensantes y conscientes habría sido mucho más significativo, porque, más que el temperamento, se puso a prueba la preparación y capacidad del aspirante presidencial) muchos entienden que Hipólito “botó las elecciones”.
Esa idea, sin embargo, sería de los que llevados por el populismo o por entrar en moda con lo de “llegó papá” se creyeron que Mejía, de verdad, era “una línea” en la actual coyuntura, sin pensar en su vulnerabilidad, en la consistencia de la otra parte ni en la capacidad de una mayoría del pueblo de recordar traumas y daños del pasado. Y él mismo ayudó a no olvidar.