Ritmo Social 24 Febrero 2007
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Destino
Valle de Huaro: Joya del barroco andino

Entre la rica mitología que los peruanos han conservado de la amplia cultura inmaterial Inca se encuentra la adoración a los dioses de la montaña: “apus”. Hoy siguen siendo adorados entre las cumbres que rodean a la que fuera capital del imperio inca, Cuzco.

Los habitantes de uno de estos pueblos, Huaro, debieron de haber pensado, cuando hace poco se reinauguró su templo, que los “apus” habían pasado por allí.

Y es que la iglesia de San Juan Bautista ha resucitado tras los importantes trabajos de restauración llevados a cabo en los últimos cuatro años y lo más importante es que se ha convertido en un reclamo turístico de la gran ruta del barroco andino. En este tiempo, y después del esfuerzo dedicado de un destacado equipo de restauradores, el templo se ha convertido en una de las joyas del valle de Huaro. Sus paredes lucen de nuevo la variada iconografía que las decora y sus retablos vuelven a mostrar la belleza que reflejaban antaño.

El mérito recae en manos de los 19 restauradores que en los últimos tiempos han trabajado en la recuperación del templo, pero también en las dos instituciones que han promovido la mejora: El World Monuments Fund Europe (WMF) y el Instituto Nacional de Cultura (INC) del Perú, que cuando termine la última fase de restauración habrán destinado casi 300,000 dólares en la iglesia, declarada monumento histórico en 1972.

Estas dos entidades empezaron a colaborar de forma conjunta después que una división francesa del WMF visitara, de forma informal, el templo en 2001. La iglesia y sus murales, reflejo de la originalidad y el valor artístico de la escuela colonial cusqueña, impresionaron los miembros de esta comitiva, que sin embargo, lamentaron el deficiente estado en que se encontraba el templo. Esto impulsó al WMF a tratar de salvarlo, por lo que la entidad propuso a las autoridades peruanas recaudar fondos, explica el presidente de la WMF, Bertrand du Vignaud.

Riqueza y variedad iconográfica
Levantada en la segunda mitad del siglo XVI por la Congregación Jesuita Española, la iglesia de San Juan Bautista de Huaro fue decorada, en una primera época en el siglo XVII, por pintores y artistas locales que realizaron varias imágenes que buscaban difundir el evangelio y simbolizar la fusión de creencias indígenas y coloniales. Hacia el siglo XVIII la decoración del templo llegó hasta el cielo raso, las bóvedas, las columnas y los muros, y a principios del siglo XIX el artista Tadeo Escalante realizó las últimas pinceladas.

El resultado de más de tres siglos de decoración es una amplia iconografía, que cubre casi todas las paredes del templo y en la cual “ningún elemento se repite”, señala la coordinadora de restauración del proyecto, Ada Estrada, quien agrega que fueron las intervenciones de la pintura mural las que centraron la primera etapa de los trabajos.Destacan, de esta variada iconografía, las escenas del Nuevo y el Viejo Testamento del sotocoro, las imágenes de arcángeles, flora y fauna del techo y las representaciones de santos de los frisos. Asimismo, es significativa la confluencia, en el arco triunfal, de la tradición artística occidental con el afán de los pintores indios y mestizos de expresar su realidad y cosmovisión del mundo, una característica de la escuela colonial cusqueña.

Al incalculable valor cromático de estas imágenes cabe sumarle la belleza de los retablos de este templo barroco, especialmente uno de estilo manierista atribuido al pintor Pedro de Vargas, además de sus casi 60 esculturas y sus más de 50 lienzos, que han sido restaurados durante la segunda y la tercera etapa de intervención. Queda pendiente, en la que ya sería la última etapa, la intervención de 163 metros cuadrados de artesonado y la implementación de talleres artesanales para la población. Con éstos, la WMF y el INC pretenden ceder a los habitantes de Huaro el cuidado del templo y concienciarles de su importancia.

Y es que lo significativo en estos casos “no es lo que ha costado la restauración”, señala la directora del INC, Cecilia Bákula, “sino lo que significa su recuperación en cuanto a identidad y crecimiento de los pueblos”. Por ello, se quiere “involucrarles en un sentido simbólico” porque “un pueblo que tiene un templo de estas condiciones eleva su autoestima”, sentencia Bákula.

Una nueva opción turística
La población de Huaro, que hoy pasa desapercibida  al turista por la fuerza que ejerce la capital de la región, Cuzco, en el pasado incaico constituía un importante eslabón en la cadena de posadas o “tampus” (ciudades alojamiento) que existían por todo el curso superior del río Vilcanota. Lo mismo pasaba con sus vecinas aldeas de la misma unidad étnico-social, entre las cuales figuraban Quiquijana, Chupanhuaroc, Urcos, Rumicolca y Andahuaylillas.

Hoy, estas aldeas que antaño suministraban cereales y pequeñas manufacturas al mercado de Cuzco, parecen estar destinadas a estar unidas de nuevo, esta vez a través de una ruta de barroco andino que vería la luz después de que finalicen los trabajos de restauración iniciados en otros templos de la zona.

Destacan, entre estos, la iglesia de Canincunca, en el término municipal de Huaro, cuyo retablo mayor asombra al visitante después de un proceso de restauración que encabezó el INC.

Construida en el siglo XVII, esta obra arquitectónica está dedicada a la Virgen del Camino y su espectacular retablo restaurado incluye imágenes de la Virgen María, la Sagrada Familia y San Antonio de Padua, entre otros.

Cerca de Huaro se encuentra la pequeña localidad de Andahuaylillas, en cuya plaza, situada en un emplazamiento privilegiado, se levanta la iglesia de San Pedro Apóstol. Edificado en 1572 sobre una huaca inca, este templo, construido en cruz, sorprende por sus dimensiones.

Entre las joyas que se encuentran en su interior figura un cuadro dedicado a la Inmaculada, situado encima del arco y atribuido al pintor español Murillo. Sin embargo, es la visión conjunta de la iglesia la que le da sentido a la visita. En ella confluyen distintos estilos, desde el arabesco, que se puede observar en el techo original, hasta las notas de arte incaico, representadas en la figura del sol de la cúpula, en  alusión al Padre.

A lado y lado del edificio se pueden observar distintos cuadros de la vida de San Pedro y San Pablo de autores anónimos de la escuela cusqueña, que se encuentran custodiados por marcos de oro de 24 quilates. Además, destaca un púlpito de Juan Pérez de Bocanegra, quien mandara construir la iglesia. Entre las reformas que se están haciendo en este templo destaca la restauración que se está llevando a cabo en el retablo mayor, de dimensiones importantes.

A las reformas realizadas en Canincunca y Andahuaylillas, se suman las llevadas a cabo en los templos de Ocongate y Checacupe, en el mismo valle de Huaro, y las que se están realizando en la localidad de Urcos. Además, está en camino actuar también en las iglesias de Marcapata y Catcca. El valor de estos tesoros de la antigüedad, auténticos ejemplares del barroco andino, están llevando a las autoridades locales y regionales a crear una ruta turística que conectaría los diferentes templos del valle. De momento, desde los municipios se ha impulsado ya la edición de mapas y trípticos para promover la nueva opción turística.

La iniciativa permitirá que más allá de visitar el valle sagrado de los Incas, el Machu Picchu, el turista que se acerque a esta zona descubra la esencia del pueblo peruano.

Y es que en este valle, situado a menos de una hora de Cuzco, las tradiciones y la forma de vida de sus pobladores se han mantenido casi intactas al paso de los años.

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