En este
momento, que estamos como país siendo acusados de violar un tratado con países
centroamericanos, es conveniente examinar algunas premisas que deben acompañar
la negociación de estos acuerdos:
Los
países contratantes deben resultar con “beneficios” producto de lo “convenido”.
Si algún país resulta perjudicado, entonces lo lógico es que a ese país no le
convenga hacer ningún acuerdo.
En
segundo lugar, efectuar los acuerdos con países de economías “enormes” o
“países desarrollados”, podría justificarse siempre y cuando no se perjudique a
los de economías pequeñas o subdesarrolladas.
Estas
dos simples premisas, deben constituir el horizonte en la concertación de tales
acuerdos entre Estados soberanos, esto así, pues los países de economías
desarrolladas tienen tecnologías de puntas para lograr productos de cualquier
categoría de una mejor calidad y (por el uso de zonas francas) de menor o
similar costo.
En
cuanto a las materias primas que producen en general los países
subdesarrollados, estos deben lograr en los acuerdos volúmenes y exenciones
arancelarias y fiscales en los compradores que compensen o superen las pérdidas
que probablemente experimentarán los sectores productivos de los países de
economías pequeñas contratantes, ocasionadas al enfrentar una competencia de
mejor calidad y precios iguales o menores a los locales.
Hay
cosas tan sencillas que uno no se explica cómo es que no se tienen en cuenta en
las negociaciones y somos siempre los Estados más pobres los que resultamos
perjudicados en este tipo de negociaciones.
Tanto
es así, que es de suponer la presencia del oro corruptor o el poder de Goliat
(donde el pobre David no resulta ganancioso) durante las discusiones y el
desarrollo de las cláusulas y/o obligaciones, derechos y deberes que debieron
ser negociadas de común acuerdo y de libre aceptación por ambas partes.
Seamos
un poco más serios y no querer justificar los males presentes, olvidando que
fuimos los hacedores en el pasado de las causa que hoy surgen para
perjudicarnos.