En el
Evangelio de Mateo 9, 27-31, encuentro uno de los pasajes que puede hacer que
evaluemos el grado de la fe nuestra hacia Jesús, como medio de nuestra
salvación.
Al
leerlo visualizo las condiciones que envuelven a los que reciben el milagro del
Señor, esos dos ciegos, abandonados, marginados, cubiertos de polvo,
dependientes de otros para su quehaceres, menospreciados por su condición
física.
Aún en
nuestra época existen este tipo de condiciones, la diferencia es que esta
ceguera, no es física, sino espiritual.
Hoy ver
el mundo a través del amor, misericordia y perdón de Dios, no es asunto de
abrir nuestros ojos, es cuestión de que Dios pueda habitar en el interior de
nuestro corazón, que nos permita abrirnos al prójimo y sobre todo que nos
permita amarlo con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente; como Él
lo desea.
La
diferencia de estos ciegos de la parábola a los de hoy, es el deseo de ver el
mundo, con sus colores, de no mantenerse andrajosos, de ser libres de sus dependencias; por eso a pesar de las
dificultades del entorno que no le permitían llegar a Jesús, de su propia
condición física fueron perseverantes y lograron atraer la atención del
maestro.
Al
atraer su atención, al reconocer la voz de Jesús, sabían que su respuesta no
podía permitirles vacilar, debían ser precisos, mostrar seguridad, tener fe en
la obra que estaba por realizarse; porque esta fe es que le permitiría obtener
su cambio de vida y su libertad.
Solamente
debían decir ¡Sí señor!; esta respuesta era la que Dios esperaba, llena de su
compromiso es la respuesta que le permitió ver la luz, ver los colores, ver las
personas que amaban y ser amados; es la misma respuesta que Dios espera de
nosotros, un SI de fe, de seguridad, de aceptación incondicional a sus
preceptos, a su verdad, y es ella una muestra de la verdadera fe.